domingo, 5 de marzo de 2017

El 2016

Hace un tiempo compartí en mis redes sociales que por fin había logrado cumplir el objetivo por el que estuve trabajando todo el 2016. No quise dar ningún detalle al respecto en ese preciso instante porque es algo que quería poder contarles en toda la extensión que la importancia que tiene esto para mí merece. Empecé a escribir este texto pensando que no sería muy largo, pensando que podría ir rápidamente al grano y contarles qué era eso que me tenía tan contenta (de hecho pretendía colocarlo al final del post anterior), pero a medida que fui escribiendo me di cuenta de que todo lo que me había pasado el 2016 estaba conectado de alguna u otra forma con este algo. Supongo que es precisamente eso lo que en parte lo vuelve tan importante para mí.

Es así como hoy vengo a contarles de qué se trata eso que me tiene tan contenta y, sin querer, termino haciendo un resumen – bastante sintetizado, creo yo, para mis estándares - de gran parte de lo que fue ese espantoso 2016, además de las cosas positivas que logré rescatar en este post.


Empezaré con un breve preámbulo que intentaré resumir lo que más pueda: siempre que hablo de mi papá, sea donde sea, hablo de un señor que se llama Ricardo y que no tiene absolutamente ningún vínculo sanguíneo conmigo. Ricardo es el segundo esposo de mi abuela materna, por lo que vendría a ser una especie de abuelastro. Mi padre biológico desapareció de mi vida cuando tenía un año y un buen día alrededor de mis cuatro años, observando a esta figura que me subía a sus hombros, escuchaba mis interminables historias infantiles y me cuidaba de todo mal, le pregunté a mi antaño tata Richy si podía decirle papá. Fue entonces cuando se transformó en mi papá. Y vaya que ha sido el mejor papá que jamás podría haber pedido.

Observando en perspectiva resulta curioso y maravilloso observar que de todos los miembros de mi familia a quién más me parezco es a él. Un caballero que, por cierto, es físicamente muy distinto a mí, lo que ha generado graciosas confusiones al presentarnos a otras personas: es bajito, moreno, de ojillos rasgados (de joven a veces le decían Jackie Chan) y pelo negro azabache hasta hoy, a sus casi 70 años. Mi papá es con quién he podido cultivar mi amor por la literatura, por el arte, por las reflexiones extensas, por la música, por la ilustración, por la fotografía, por casi todo lo que actualmente me apasiona. Mi papá es una persona interesantísima, una enciclopedia andante, un ilustrador magistral y un tremendo guitarrista.

De joven mi papá fue un rebelde tranquilo, las micros no le paraban porque se dejó crecer el pelo como los Beatles y ocupaba pantalones ajustados, le gritaban pelucón y maricón en la calle. Fue parte del nacimiento del rock en Valparaíso en tiempos de la nueva ola y con su banda tuvo una especie de galpón donde todos los que no tenían donde calzar entre las tonadas del Pollo Fuentes y Los Galos se iban a esconder a escuchar Pink Floyd, Led Zeppelin y otros sonidos considerados algo perversos. Mi papá siempre fue tranquilo, se mantuvo al margen de las drogas y los escándalos, pero conoció todo lo que era considerado distinto, lo que tiempo después – creo – lo ayudó a entender mi discrepancia con lo socialmente aceptable: desde el exceso de delineador negro a mis 14 años, a mi pasión por bandas gritonas, hasta mi actual pololeo con una mujer. Siempre ha estado allí para entenderme, para apoyarme, para tranquilizarme, para confiar en mí, siempre velando por mi bienestar sin importar cuán socialmente incorrecta fuera.

Todo lo anterior es un sintetizado resumen de por qué mi papá ha sido mi papá. De por qué es un pilar tan importante en mi vida, al igual que mi mamá. Ahora ¿qué tiene que ver todo esto con lo que inicialmente venía a decir?

El 2015 se descubrió que mi papá tenía cáncer. Un cáncer sumamente agresivo que a la fecha le ha costado dos operaciones sumamente invasivas, una extensa radioterapia y todos los ahorros de mis abuelos. Por fortuna actualmente se encuentra bien, ya pasó la peor parte y como familia estamos más tranquilos. Sin embargo, el que a mi papá le diagnosticaran este cáncer, que por controlado que se encuentre actualmente es sumamente impredecible y podría dispararse en cualquier momento, me hizo reflexionar sobre lo efímero de la vida de mis seres queridos: me hizo darme cuenta de que mi papá en algún momento va a dejar de estar, lo que además probablemente será antes de lo que me gustaría considerando que mi papá es técnicamente mi abuelo y tiene 70 años, no 47 como mi mamá.

El percatarme de la efimeridad de mis seres queridos, particularmente la de mi papá, me hizo replantearme algunas prioridades y darme cuenta de que, al menos en su caso, fuera cual fuese el proyecto que tuviéramos juntos, había que ejecutarlo ahora, porque si el cáncer no ataca, inevitablemente atacarían los años. Fue así como al poco tiempo de tener esta realización me ofrecieron trabajo en el colegio en el que estuve trabajando hasta Octubre del 2016. Yo no quería trabajar en un colegio, nunca quise trabajar en un colegio, pero cuando me dijeron la suma que me iban a pagar (era un colegio cuico) me di cuenta de que si me sacrificaba por un año y ahorraba el 80% de mi sueldo, íbamos a poder cumplir uno de los grandes sueños que siempre habíamos tenido con mi papá y que, en mi opinión, él tenía que realizar sí o sí antes de partir o dejar de estar habilitado para caminar largas distancias: viajar a Europa. Yo iba a poder invitarlo e íbamos a por fin poder conocer todos esos lugares con cuyas historias nací y crecí, especialmente considerando que mi abuela es de allá, nacida y criada en Polonia hasta los veinti y tantos años.

Fue con ese objetivo en mente que trabajé en el colegio y lo ahorré casi todo. Fue con ese objetivo en mente que resistí día tras día, mañana tras mañana, tratando de hacer lo mejor que podía con 150 niños bajo mi responsabilidad y una jefatura de primero básico, trabajando en algo que en cuanto salí de la universidad juré que no haría porque lo odiaba – trabajar en un colegio -. Fue con ese objetivo en mente que resistí los nulos espacios de silencio, los nódulos en la garganta, los constantes resfríos, la sinusitis, las reuniones con apoderados, las entrevistas, ser la “mamá” de centenares de niños, las ganas de morirme, escondiéndome en el baño para poder tener un instante para contestar un whatsapp en silencio o simplemente dejar de ser “Miss Cata” por 5 minutos, dejar de oír las voces de los niños que me perseguían incluso cuando ya estaba en mi casa, con los ojos cerrados (esta no es una exageración, los oía en mi mente).

No quisiera ser ingrata con el trabajo que tuve: se me trató todo lo bien que se pudo, mis compañeras fueron maravillosas, mi empleador justo. Si me hubiese gustado hacer clases en un colegio y hubiese podido lidiar con niños tan pequeños ese podría haber sido un trabajo de ensueño para ser el primero de todos, pero no era el caso: era una pesadilla y todos los días levantarse se empezó a hacer más difícil. Así fue como un día simplemente me quebré y ya no resistí más. Se sintió exactamente como algo que se rompía: como una repisa sobre la cual habían puesto ya demasiadas cosas y simplemente cedía, partiéndose en dos. No me quedaban energías ni siquiera para llorar, ya no podía más. Recuerdo que ese día escribí un pequeño texto sobre esconderme bajo tierra, donde los niños no pudieran alcanzarme, estaba francamente desesperada. Al día siguiente hablé con la jefa de mi departamento y puse mi cargo a su disposición. Tres días después encontraron a una reemplazante y la semana siguiente, el día del profesor, me fui.

Había ahorrado la mitad de lo que había planeado ahorrar originalmente. Si tan sólo hubiese resistido dos meses más: noviembre, diciembre y una minúscula parte de enero, habría podido ahorrar casi toda la otra mitad; en diciembre me pagarían dos sueldos y también se me pagarían las vacaciones de enero y febrero. Tan sólo recordar eso me pesa, puede que incluso a algunos se les caiga el pelo leyendo lo que perdí por no haber resistido, pero llegó un punto en el que me sentí tan pero tan mal, tan pero tan desesperanzada, tan pero tan deprimida, con tan pocas ganas de seguir despertando cada mañana, a pesar de la terapia psicológica, a pesar de la terapia psiquiátrica y a pesar del amor de mis seres queridos, que sentí que si no renunciaba iba a terminar por volverme loca y matarme. Todos los pensamientos destructivos que llevaba acumulando a lo largo de mi vida estaban aprovechando ese momento para salir a saludar: todo era como el pico, así de simple, casi no tenía ojos ni energías para las bondades de la vida.  

La lloré largo y tendido. Hubo un mes de sueldo que además perdí casi por completo porque estuve tres semanas enferma y mi isapre, al haberme enfermado antes de cumplir 6 meses trabajando (me faltaban dos días para cumplir los 6 meses, dos días), está legalmente autorizada a pasarse por la raja mi existencia y no pagarme un centavo de mi licencia. Nadie me lo dijo, no tuve cómo saberlo (sépanlo todxs ahora chicxs, ojo con eso) y lo mucho que llevaba esforzándome hasta aquél entonces importó un pico. Fue el sueldo de un mes que en un segundo se esfumó, desapareció, sumado – por supuesto – a los altos gastos médicos que tuve que pagar para el tratamiento de mi aguda sinusitis. Me acuerdo y ardo de rabia, es por lo mismo que quisiera hacer un minúsculo paréntesis en esta narración para decirle a las personas responsables de esta legislación que son unos miserables culiaos y que con todo respeto espero que se mueran de forma lenta, dolorosa y solitaria. Nunca le deseo mal a nadie, pero pucha que cuesta no añorarla en circunstancias tan injustas, inauditas y de mierda como esa. Cómo es posible que exista una ley que permita esa hueá, cómo, cómo, inhumanos culiaos.

Lloré porque ya no íbamos a poder hacer el viaje que habíamos planeado y del que veníamos conversando todo el año. Lloré porque no sabía por cuánto tiempo más mi papá iba a estar en condiciones de viajar conmigo. Lloré y pensé que ya no iba a poder hacerle ese regalo a esta persona que tanto quiero, que mi papá iba a tener que morirse sin conocer las calles de Londres, el cruce de Abbey Road, el palacio de Versalles. Pero habiendo salido de ese espacio que me estaba matando tanto física como psicológicamente y estando rodeada del amor de mis más cercanos, empecé a ver las cosas desde un prisma un poco distinto y a medida que empecé a sanar yo, empecé a ser capaz de hacer reflexiones también más saludables sobre mi devenir: sobre mi futuro personal, sobre mi futuro laboral, sobre el futuro del proyecto que teníamos con mi papá.

Hicimos cálculos. Inicialmente habíamos planeado irnos durante un mes y pasar por cerca de 14 ciudades – era objetivamente un plan muy ambicioso - pero si ahora lo reducíamos a tres puntos específicos, prioritarios, pasando cerca de cinco días en cada uno, parecía posible. Me informé. Mi polola me contactó con una persona que pudo orientarme. Me mantuve atenta a los precios de los pasajes, intentando encontrar el más barato posible. Investigué precios de alojamiento, comida, transporte. Pasó Noviembre, Diciembre, Enero. Llevaba esperando tanto tiempo, desde Marzo del 2016, que la idea de por fin alcanzar este objetivo en el que tanto había trabajado parecía surreal. Pero un día, el 25 de Enero, los pillé, los pasajes estaban baratísimos. Y los compré.

Los pasajes están comprados. El 30 de Mayo con mi papá nos embarcamos a Inglaterra, para después pasar por Polonia y después por Francia. Nos vamos por poco más de 15 días. Esto era lo que quería contarles. Sé que para algunos el ir a Europa o saber de alguien más que va a viajar no signifique nada, pero para mí significa tanto tanto tanto. Significa que voy a cumplir el sueño de conocer los países de los que más hemos leído, conversado y compartido con mi papá. Significa que voy a conocer el país del que viene importante parte de mis raíces, del que vienen las canciones de mi infancia, del que vienen las historias de mi abuela. Significa que todo por lo que me saqué la conchesumadre por fin rindió frutos y no saben lo gratificante, lo aliviante, lo esperanzador que se siente después de haberlo pasado tan pero tan como el pico.

Las cosas mejoran. No como en los cuentos. No sin lágrimas. No sin ganas de morirse. Pero parece que mejoran.


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