jueves, 19 de noviembre de 2015

Adiós Milonchín

Hoy había sido un día bonito. Le habíamos celebrado el cumpleaños a una amiga en el Vegan Búnker y, como si lo hubiesen sospechado, los gatitos del lugar me regalonearon más que de costumbre. El Alí se pegó una siesta encima de mi mochila mientras conversábamos con mis amigas, y mientras lo miraba y le hacía cariño, no podía evitar que me produjera una ternura especial al recordarme a uno de mis gatitos, al Milo. Los dos peluditos, los dos naranjos (o casi naranjos).

Regresé a mi casa contenta, subiendo los videos del cumpleaños de la Palomis y una foto que me tomó con el Bonnot a Instagram. Me bajé de la micro, venía viendo el video del “cumpleaños feliz” cuando llegué a la entrada de mi casa y vi a un gatito tirado en la entrada. Lo siguiente ocurrió en segundos: me acerqué, era igual a uno de los míos, pero no podía ser, pero era igual, y estaba frente a mi casa. Se me aceleró el corazón, se me llenaron los ojos de lágrimas. Esto nos había pasado una vez, cuando yo era chica, habría tenido unos 7 años. Habíamos llegado con mi mamá a la casa y nos habíamos encontrado con un gatito igual a uno de los nuestros muerto, pero había sido una falsa alarma, el nuestro estaba vivo en el departamento.

Cuando entré corriendo a mi casa gritándole a mi mamá que dónde estaba el Milo, que lo habían atropellado, lo hice con la esperanza de que esta vez fuese a ser como la anterior. Que fuese un gatito igual al Milo pero que el Milo saliera de alguna parte y nos dedicara ese maullido dulce que tenía. Pero el Milo no estaba en ninguna parte, y el que estaba frente al portón de nuestra casa, rodeado de un violento charco de sangre era el Milo, nuestro Milo.

Considerando que llevo 22 años viviendo rodeada de animales, especialmente de gatos, siempre me preparé para que esto pudiese pasar. La sola idea me apenaba, pero el sufrimiento a la distancia es distinto a cuando lo estás experimentando, porque te preparas – aunque sea ficticiamente -, porque no ha ocurrido, porque es un sufrimiento imaginado, distante.

Cuando un gatito se enferma mortalmente, tal y como cuando se enferma un ser humano querido, te preparas. Te preparas para su partida. Lo mimas e intentas evitar al máximo su sufrimiento. Lo acompañas, le susurras cosas bonitas. En mis 22 años he perdido muchos animales queridos. Muchos han muerto de viejitos, otros de cáncer, otros de leucemia felina, otros han sentido la muerte aproximarse y se han ido para partir en soledad. Pero todos nos dieron la oportunidad de despedirnos. Todos, incluso los que se fueron para morir solos, nos dieron la señal de la partida, nos permitieron darles un trozo de jamoncito, un platito de leche, un último cariño bajo el cuellito. Pero con el Milo no fue así.

No puedo dejar de repetir mentalmente la escena de la mañana. No quería ir a la práctica, pero me había levantado con tiempo asique después de tomar desayuno me di unos minutos para regalonear con el Milo. Si bien amo a absolutamente todos mis gatos, el Milo era un gato especialmente dulce, especialmente sociable, especialmente cariñoso y especialmente poco mañoso; le gustaba entregar tanto cariño como el que recibía, pero no le gustaba que le tocaran las patitas de atrás, sólo las de atrás. El veterinario, en broma, se reía de lo higiénico que era: siempre tenía su largo pelaje blanco con naranjo pulcro en extremo. Era un gatito tranquilo, regalón, muy dulce, el hombre del hogar, el único que podía ponerme como bufanda en el cuello, el único con el que podía dormir abrazada bajo las colchas, el único que podía estrujar de amor hasta aburrirme, era un gatito con mucha paciencia.

El Milo me acompañó en tantos tiempos difíciles, tal y como han sido los últimos. Esta mañana, después de dedicarme unos minutos de ronroneos y masajes gatunos, me había ayudado a recobrar las energías para no irme tan deprimida ni cansada a la práctica. Me cuesta creer que ya no está y que ya no va a estar. Más que la rabia de la persona que le hizo esto, porque con o sin querer fue una persona la que mató al Milo, lo que me da más pena y más angustia es el pensar cómo murió. La escena era tan violenta y el Milo, siempre limpiecito, estaba tan sucio y cubierto de sangre que no puedo dejar de llorar al imaginar que sufrió, de imaginar que estuvo solo, de imaginar que no supo que pasaba y no tenía nadie a su lado para decirle que todo estaría bien, pero nada estaría bien.

Cuando mi abuela llegó después de que la llamara con la respiración descompuesta mientras mi mamá recogía al Milo de la calle, dijo que ya no valía la pena angustiarme, que ya estaba muerto, que ya no estaba sufriendo, que se había ido. Pero no puedo dejar de pensar en los momentos anteriores, en que dos horas antes había comido cuando mi mamá había vuelto del trabajo, que pocas horas antes, mientras yo todavía estaba con mis amigas, el Milo todavía estaba vivo, en toda su belleza, bondad y pureza animal. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiese llegado a mi casa antes, si hubiese impedido que el Milo saliera a la calle en el momento inadecuado, si hubiese podido torcer la mano del azar, pero ya no vale la pena.

Escribo esto porque necesitaba sacármelo, porque escribir es la única forma que tengo para sanarme, y lo escribo ahora porque después de que se los cuente ya no voy a querer volver a recordar la forma en que encontré al Milo al llegar hoy a mi casa. Voy a querer sólo recordar los momentos bonitos que compartimos; la ternura, los maullidos y los ronroneos que me dedicó. Su pelaje suave, largo y limpiecito. Su cariño de gatito, su guatita peluda y enrulada, su colita de plumero.

Es fuerte como todo lo que duele, duele como si fuese la primera vez que te doliera algo. Inmensa, infinita y horrorosamente. Desesperadamente. Uno nunca está lo suficientemente preparado mentalmente para sufrir. Y el Ravotril que me tomé no funcionó porque sigo sin poder parar de llorar. 

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