lunes, 12 de octubre de 2015

“Pride and Prejudice” (Orgullo y Prejuicio) por Jane Austen

Es domingo, la ventana está abierta y aunque todavía estoy parcialmente congestionada por el resfrío que recientemente me atacó, el aire tibio pero fresco y el sonido de los pajaritos que se cuela de un día especialmente soleado, me alivia y anima mis espíritus. Han sido días difíciles, ambivalentes como el clima, con tendencia a nubarrones y lágrimas. La proximidad de terminar mi carrera y la angustia que me produce el no tener idea de en qué voy a trabajar si no quiero dedicarme a enseñar en un colegio me han atormentado con más intensidad que nunca, pero son temas en los que estoy trabajando y en los que espero poder ahondar con ustedes cuando tenga algo más claro.

Hoy vengo a algo más entretenido. O que al menos es de las cosas que realmente me entusiasman y emocionan en medio de mis circunstancias actuales ahogada en actividades que detesto: hoy vengo a contarles de Orgullo y Prejuicio, el último libro que me leí. Asique sin más preámbulos emos, procedamos.

Orgullo y Prejuicio

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Al igual que Cumbres Borrascosas, Los Miserables, Crimen y Castigo y otros clásicos; Orgullo y Prejuicio (Pride and Prejudice en su título original), escrito por Jane Austen, es un libro que históricamente se ha elogiado tanto que incluso se han escrito libros que desglosan su complejidad y perfección. Orgullo y Prejuicio es un libro tan complejo, tan bien escrito, y con tantas temáticas a analizar que resulta imposible aspirar a hacer una crítica o reseña lo suficientemente completa. Es por lo mismo que hoy compartiré con ustedes lo que personalmente considero que podría ser lo más relevante y decisivo a la hora de escoger si leerlo o no, y los aspectos que más me llamaron la atención de los muchos temas destacables que posee esta obra.

Sin embargo, antes de proceder, me gustaría hacer una breve reflexión sobre la novela clásica romántica:

Tengo la sensación (puedo estar equivocada) de que libros clásicos clasificados en la categoría de “Romance” como Cumbres Borrascosas, Orgullo y Prejuicio, Lo Que El Viento Se Llevó y otros, tienen coloquialmente fama de cursis y – de forma obscenamente machista – de libros “para mujeres”, lo que considerando la visión machista que se tiene de la mujer podría significar “un libro ligero y con personajes sencillos para un género débil y poco inteligente”.

Es probable que tanto el cine como las telenovelas aportaran de forma significativa al simplismo que se le ha conferido al romance como género; posteriormente, el éxito de libros como “Crepúsculo” tampoco han ayudado demasiado a reivindicarlo. Sin embargo, después de mi experiencia leyendo dos de los libros más notables dentro del género de la novela clásica de romance, si hay algo que me gustaría afirmar con intensidad es que ESTOS NO SON NI LIBROS SIMPLES, NI LIBROS PARA MIRAR EN MENOS. No son libros predecibles, como las telenovelas, no son libros simplistas, no son libros en los que meramente él gusta de ella, algo les impide estar juntos y posteriormente triunfa el bien y el amor. No.

Estos son libros que exploran la naturaleza humana. La complejidad de las personas, la complejidad de las emociones, la complejidad de ese sentimiento tan manoseado pero que sigue siendo la fuerza que históricamente ha movido montañas, sin importar la época, sin importar la edad, sin importar las consecuencias: el amor. Y que nadie se venga a hacer el rudo porque ya lo quiero ver lloriqueando por la persona que se quiere pero no quiere de vuelta.

Dicho lo anterior, para responder a la pregunta ¿de qué trata el libro? es posible caracterizar Orgullo y Prejuicio como una novela de romance que narra la complejidad de la adquisición del sentimiento. Es la historia de la creación de un vínculo que tenía todo en su contra, todos los ingredientes para que los protagonistas se odiaran, pero que en el triunfo del bien y el crecimiento personal se halla también al amor. Es un libro con una importante carga moral, cabe destacar, algo usual e importante en la literatura de la época, pero que dentro de todo es también un libro que deja una lección sumamente progresista, adelantada a su época y contingente. Es decir, los valores que se destacan a lo largo de la novela son coherentes con lo que actualmente se considera “bueno” y “malo” en la construcción de una relación humana.

Siendo más concreta, Orgullo y Prejuicio es la historia de Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy. Elizabeth es la segunda de cinco hermanas en una familia que necesita asegurar el porvenir de sus hijas casándolas debidamente con esposos que podrán velar económicamente de ellas a futuro. La llegada de Charles Bingley al sector, quién viene con sus hermanas y su amigo Darcy, parece una excelente oportunidad para casar a alguna de las señoritas Bennet. Charles pone sus ojos prontamente en la hermana mayor de Elizabeth, Jane. El sentimiento en mutuo, sin embargo, su amigo, Fitzwilliam Darcy, resulta especialmente desagradable y comienza a generar una antipatía en Elizabeth directamente proporcional a la frecuencia con que los protagonistas comienzan a encontrarse y a transformarse en mutuos antagonistas. Diversos eventos los van distanciando progresivamente hasta que cuando menos se lo esperan, por un bien superior que no los vincula de ninguna forma pero que habla de sus cualidades humanas, se ven obligados a comenzar a dejar de lado las actitudes que tanto mal generaron: el orgullo y el prejuicio.

Procediendo ahora a los aspectos que más me llamaron la atención de la novela, además de los complejos y completos personajes, los bellos escenarios y una narrativa particularmente interesante sobre la que ahondaré más adelante, hay un fenómeno que he notado que se repite en todos los libros clásicos que he leído y que no comprendo del todo pero que me gustaría compartir con ustedes. A lo que me refiero es a esa íntima y precisa y perfecta interconexión entre absolutamente todos los componentes de la obra. Esto es algo que he sentido sólo con los libros más antiguos que he leído. Pero hay algo que me hace ruido de esta observación porque se supone que en absolutamente todas las novelas buenas todo lo que ocurre es relevante y efectivamente así lo es, así también se siente en las novelas ligeramente más modernas que he leído. Todo, de cierta forma, es un aporte al desarrollo de la trama y la evolución de los personajes. Pero entonces ¿por qué siento que los componentes de los libros clásicos (al menos los que he leído) calzan todavía más? ¿Por qué cuando terminé de leer Orgullo y Prejuicio se sintió como si absolutamente todo, cada palabra, cada movimiento, cada acción, cada mota de polvo imaginaria hubiese sido especialmente relevante?

Tengo una teoría, quizá una teoría muy poco académica de la que quizá me arrepienta algunos días más tarde, pero es mi teoría por ahora (cuénteme qué opinan de ella en los comentarios). Y es que quizá la mía es una sensación real que se produce por el contexto cultural en el que los libros fueron escritos. La vida, entre más moderna; más leve y más relativa se ha vuelto. Las acciones se han vuelto juzgables desde más puntos de vista y la vida entera se ha vuelto moralmente más flexible, más discutible, más argumentable. Es por lo mismo que si bien en un (buen) libro moderno todos sus componentes tienen una razón de ser, siento que el nivel de relevancia de cada acción es, a su vez, más flexible, más discutible y más argumentable. Como en el mundo “más antiguo” (entiéndase como todo lo anterior al siglo XX) las cosas eran notablemente más polarizadas y absolutas (lo bueno era bueno y lo malo era malo, no se aceptaba argumentación) siento que también los componentes de una novela tenían menos opciones de interpretación. De cierta forma, la vida podía hacerse calzar como un puzle. Hoy (y desde el siglo XX en adelante) ya no se puede, porque como todo es discutible y cuestionable surgen dudas que nos impiden completar los puzles, tanto de nuestras vidas como de nuestras novelas, lo que no es algo ni bueno ni malo, sino que sólo una observación de lo que parece un hecho. 

Me desvié increíblemente mucho para manifestar mi extraña teoría pero a lo que iba con todo esto es que Orgullo y Prejuicio es una novela en la que sorprende lo bien que calza todo: cada personalidad compleja de cada personaje, cada acción, cada palabra, cada símbolo es una pieza que calza perfectamente con la otra en el gran puzle de la novela construida por Jane Austen. Incluso los personajes y los eventos que en un principio parecen irrelevantes y pasajeros, terminan regresando en algún punto del libro para unir todos los cabos sueltos y resolver todas las interrogantes.

Prosiguiendo con otros aspectos que llamaron mi atención, quisiera hacer una breve pero no menor alusión a la forma en que el libro está escrito. La narración de Orgullo y Prejuicio posee una serie de características que, he descubierto, son recurrentes en la literatura clásica escrita por mujeres: es delicada, suave, refinada y elegante, tal y como se exigía a las mujeres de la época. Sin embargo, en el particular caso de Jane Austen, su forma de escribir es además increíblemente ingeniosa, irónica y humorística en su dosis precisa; cualidades que no dejan de ser desafiantes en una mujer del siglo XIX y que a la vez ni siquiera he encontrado con frecuencia en la literatura en general. Sorprendida por estas características y con la constante duda de si no estaba imaginándome la ironía y el humor, me decidí a investigar un poco más sobre Jane Austen y descubrí que no solo escribía novelas, sino que además escribía comedias. Es más: el ingenio y la inteligencia del humor de Jane es tal, que algunos académicos han llegado a compararlo con el trabajo de los actuales Monty Python.

¿Se dan cuenta? ¿Una mujer del siglo XIX (principios de éste, más cerca del siglo XVIII que del XIX), cuando las mujeres ni siquiera tenían acceso a una educación completa, además de escribiendo novelas, escribiendo comedia? Quisiera dejar planteada las implicaciones implícitas de lo anterior para darle inicio a otro tema que me parece especialmente destacable en Orgullo y Prejuicio: el reflejo de la mujer como ser humano pensante, en una época en que la mujer carecía de todo valor, derecho y apreciación alguna más allá de la doméstica.

"Can I speak plainer? Do not consider me now as an elegant female intending to plague you, but as a rational creature speaking the truth from her heart." - Elizabeth Bennet
Uno de los aspectos que más me gustó de Orgullo y Prejuicio, además de la complejidad psicológica de los personajes, la narración entretenida y técnicamente perfecta, y esa trama como un puzle intrincado pero completo, fue el espíritu del progreso que pude notar en Jane Austen a través de la voz de la protagonista del libro: Elizabeth.

Es difícil llamar a Jane Austen una feminista porque tanto ella como su obra, en general, aceptan diversas convenciones cuestionables de la época tales como: el matrimonio, la pasividad de la cotidianidad femenina, la vida doméstica, la falta de educación, la falta de participación política, la religión, etc. Incluso, se podría decir que la misma Jane tenía un importante número de creencias bastante tradicionales y conservadoras, las cuales se dejan entrever en su obra. Sin embargo, a pesar de su aceptación y adaptación armónica a sus tiempos en algunos aspectos, Jane le escupe en la cara a numerosas otras convicciones igualmente importantes de la época, tales como: la obediencia de la mujer, el valor económico del matrimonio por sobre la felicidad de la pareja, la pasividad de la mujer, la debilidad de la mujer.

Es posible observar lo anterior en muchísimas partes de Orgullo y Prejuicio, pero no quisiera hacerles spoilers. Lo que sí puedo decir, es que son esas mismas desobediencias de las exigencias de la época a su género, y las mismas desobediencias que llevaron a Jane Austen a nunca casarse, las que me hacen admirarla como una intelectual que fue adelantada, valiente e irreverente para su época. Lo anterior, expresado a través de Elizabeth Bennet, una mujer de carácter fuerte, irónico, desafiante, inteligente, sin embargo, honorable, reflexivo, empático y preocupado; son también los motivos que, diría, vuelven a Lizzy uno de mis personajes favoritos, hasta ahora, de todos los libros de ficción que he leído. Sin importar las diferencias culturales obvias adheridas al siglo XIX, siento a Elizabeth como una heroína del feminismo actual. 

Para ir cerrando, aunque ya lo mencioné a la pasada anteriormente, me gustaría dedicarle un párrafo a uno de los temas sobre el cual casi todos los lectores de Orgullo y Prejuicio estamos de acuerdo en que es un importantísimo valor agregado tanto para el realismo de la obra, como para su valor emocional y literario en general: el amor como un proceso. Muchas novelas de romance, incluso muchas novelas buenas y modernas, plantean el amor como un suceso espontáneo y a primera vista. No digo que el amor a primera vista no exista, mucho menos puedo decirlo yo que me enamoro cada vez que me subo al metro (mentira), pero sería poco honesto no admitir que la mayor parte de las relaciones humanas (no solo las románticas, sino que también las amistades) son un proceso: no son automáticos, no son combustión espontánea, sino que son un camino que involucra conocer todas las cualidades, tanto positivas como negativas, del ser humano con el que estás compartiendo.

En Orgullo y Prejuicio, los motivos que terminan uniendo a Elizabeth y Mr. Darcy (lo que no es un spoiler, considerando que hasta la contraportada lo revela) son tan complejos, genuinos, maduros y contingentes que incluso ponen a prueba las convenciones de la época en cuanto a lo que se exigía tradicionalmente considerar a la hora de escoger una pareja para el resto de la vida.

Dicho todo lo anterior ¿deberían leer este libro? La respuesta es un gran . No sólo es un clásico, no sólo es un libro que por exigencia social y cultural cada ser humano debería leer aunque fuera una vez en su vida, sino que además es un libro entretenidísimo y muy bien escrito que a través de una historia de romance apasionante y una protagonista empoderada nos hace reflexionar sobre la moral del siglo XIX, la moral de la actualidad, nuestra integridad como seres humanos, y la complejidad de los vínculos emocionales.

Muchas gracias por leer (y por comentar). 

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