martes, 10 de marzo de 2015

Tengo Miedo Torero por Pedro Lemebel

Tengo Miedo Torero
Y se terminaron mis vacaciones, vaya que fue un verano histórico. No puedo evitar mencionar que la sola idea de mañana tener que levantarme temprano para poner un pie en esa institución que tanto desagrado me produce no resulta especialmente alentadora, pero este será mi último año y aunque estoy aterrada de la tesis y de la segunda práctica (ahora en un colegio nuevo) intentaré hacer de este año lo más llevadero que se pueda. La pelearé.

Sin embargo, no podía iniciar mi año académico sin previamente reseñar el último libro que me leí: Tengo Miedo Torero de Pedro Lemebel.

Ya muchas veces he mencionado que tengo una deuda histórica con la literatura latinoamericana, especialmente con la chilena. No ha sido porque considere que sea mala, de ninguna manera, sino que por motivos meramente viscerales de gusto (el mismo motivo por el cual me gusta más el helado de chocolate que el de pistacho). Varias veces había intentado leer libros chilenos, pero nunca terminaban por agarrarme tanto como me han agarrado otros libros extranjeros (exceptuando “La Casa De Los Espíritus” de Isabel Allende, un libro que disfruté especialmente mucho).

Pero terminando este verano, después de pasar una bella temporada en el sur con dos amigos que aprecian mucho la literatura nacional, quise volver a animarme; ponerme aunque fuera un poquitito al día antes de volver a la Universidad.

Primero intenté con “Mala Onda” de Alberto Fuguet, prestado por mi amigo Leo. En cuanto subí la foto del libro a Instagram me llamó poderosamente la atención la cantidad de opiniones dispares que habían sobre él, pero de todas formas quise darle un intento para poder emitir un juicio personal. No pude. Tanto la redacción como los personajes me desesperaron y alrededor de las 30 páginas honestamente no quería volver a tomar el libro. Además de sentirme decepcionada de la obra, me sentí especialmente decepcionada de mi misma “¿qué clase de persona que se siente apasionada por la literatura ha leído tan pocos libros escritos en su propio país?” pensaba. Porque no es que haya leído poquito libros, es que no he leído casi ningún libro nacional.

Me tentó la idea de comprarme “El Tiempo Entre Las Costuras”, un libro español que hace bastante tengo ganas de leer, pero decidí ponerle un poco más de esfuerzo a la misión de leer un libro nacional. Hice una encuesta a través de Twitter y Facebook consultándoles a todos mis conocidos por sus libros chilenos favoritos y “Tengo Miedo Torero”, el favorito del mismo amigo que me había prestado Mala Onda, fue un título que se repitió bastante.

Investigué un poco de Lemebel. Leí un cuento y me gustó su forma de escribir. Me decidí a buscarlo y a comprarlo, lo que no resultó especialmente fácil considerando que tras la muerte de un autor la venta de sus libros suele dispararse.

Después de un arduo periplo por todas las librerías de Santiago, lo encontré, me subí a la micro para volver a casa, comencé a leer y a las pocas páginas caí completamente bajo el encanto de la Loca del Frente. Bajo su personalidad, su pulcritud, su entusiasmo, su teatral alegría, su romanticismo, su pasión, su nobleza, su ternura y su espíritu luchador de un pasado injusto, violento y un presente crítico e igual de violento, pero que afortunadamente había logrado dejar en el exterior de las puertas de su hogar.


Para los que no tengan idea de qué trata, Tengo Miedo Torero es la historia de un romance entre un joven del Frente Patriótico Manuel Rodriguez y la Loca del Frente, a quién la sociedad - en su afán heteronormativo de categorizar - podría llamar (en términos lo más estándar posibles, porque vaya la cantidad de cosas que podría decir la cruel sociedad) travesti, homosexual, transexual. Todo lo anterior contextualizado en uno de los años especialmente conflictivos de la ya conflictiva dictadura de Augusto Pinochet, 1986.  

Me encantaría contarles más, pero me parece que sin llegar a dar spoilers, Tengo Miedo Torero es básicamente eso: una historia de amor. Sin embargo, la interesante reflexión que se genera al terminar de leer el libro es que no es una historia de amor común y corriente, pero que debería ser común y corriente.

A través de un uso del lenguaje honestamente formidable, Lemebel nos hace darnos cuenta de la sesgada visión con la que nos ha dejado el conservadurismo, el clasismo y la heteronorma social, que inconscientemente nos ha hecho distinguir “lo distinto” de “lo corriente”. Lemebel nos educa, sumergiéndonos en un contexto que pocos se han atrevido a tocar en su literatura por ser socialmente considerado “distinto”, “anormal”, incluso “inmoral”, y nos hace percatarnos genuinamente que la vida de la Loca del Frente no merece absolutamente ninguno de esos adjetivos.

Lemebel reivindica la imparcialidad y ecuanimidad del amor demostrando que lo que la Loca del Frente siente por Carlos es exactamente lo mismo que históricamente ha sentido toda la humanidad por sus seres amados. Lemebel saca a la Loca del Frente de esa categorización de “distinta” y la transforma en una persona natural, como absolutamente todas las personas deberían ser consideradas, sin distinguir entre su orientación sexual, género, raza, religión, estado socioeconómico, o comida favorita. La transforma en una persona que ama, que sufre, que teme, que lucha, como todos en este mundo.

Todo lo anterior se refiere estrictamente a la forma en que Lemebel desarrolla la historia de amor, sin embargo, es importante destacar que Tengo Miedo Torero toca también muchísimos otros temas (además del amor) de una perspectiva que al mundo le hacía falta: la política, la guerra, las clases sociales.

En lo que respecta a la forma en que el libro está escrito, quisiera sacarme el sombrero y ponerme a aplaudir. Algo que me fascinó genuinamente de la narración de Lemebel en Tengo Miedo Torero fue la capacidad que tenía de fusionar un lenguaje especialmente elegante, especialmente adornado, especialmente “académico” (un orgullo para la Real Academia Española) con un vocabulario esencialmente chileno. Algunos podrían decir que Lemebel domina el arte de fusionar palabras correctas con incorrectas, pero mi opinión es que Lemebel alcanza la máxima elegancia del lenguaje chileno y realista. ¿Es acaso “poto” menos correcto que decir “trasero”? ¿es acaso “chucha” menos correcto que decir “caramba, recorcholis”? ¿es acaso “caca” menos correcto que decir “deshecho, excremento”? A mi parecer, no. Y por lo mismo, merecen ser utilizadas con mayor frecuencia en textos literarios, especialmente si pueden llegar a ser parte de obras lingüísticamente ricas, hermosas y honestas con su contexto.

Otro punto que me pareció fascinante y entretenido fue la forma de plasmar los diálogos. La voz que Lemebel le daba a sus personajes era tan característica, tan precisa, y a la vez tan familiar (porque las personas normales chilenas efectivamente hablan como hablan los personajes del libro) que no hacía falta separar los diálogos con ningún guión, ningunas comillas, ni ninguna señalización. Lemebel los escribió de corrido, uno junto a otro, y les proporcionó todavía más continuidad y naturalidad.

Para empezar a cerrar mi comentario, me gustaría hacer una alusión a la porción humorística que también posee el libro. Me pareció un recurso interesante y divertidísimo que desarmara al dictador, al asesino, al violento Augusto Pinochet, retratándolo como un pobre viejo atormentado por sus sueños, una infancia triste, y una esposa insoportable. Lo fascinante de este recurso es que no le quita realismo a la historia, porque aplica en un aspecto de la vida privada del dictador a la que el común de las personas naturales jamás podremos acceder, lo que vuelve completamente factible el que Augusto Pinochet hubiese sido en realidad un pobre viejo miserable que desahogaba su miseria en la crueldad de su mandato.

Leer Tengo Miedo Torero fue sin duda una forma maravillosa, entretenida y emotiva de ponerme aunque fuera un poquitito al día con la literatura nacional. Y conocer la literatura de Pedro Lemebel fue además una experiencia notable y enriquecedora en lo que respectó a las diversas reflexiones que suscita más allá de las literarias. Leyendo a Lemebel me gustó reflexionar de política, de la sociedad, de la heteronorma, de la ecuanimidad, del amor, de la muerte, de la guerra, y muchísimos otros conceptos.

Me apena haber leído este libro tan tarde, cuando Lemebel ya no está físicamente con nosotros, pero supongo que es siempre mejor tarde que nunca.

¿Deberían leer ustedes este libro? Sin duda alguna. Es un libro que entrega muchísimo en pocas páginas, las cuales además se leen rapidísimo. Es un libro emotivo, entretenido, irónico y crítico. Es un libro bien escrito. Es un gran libro. E inspira bastante esperanza en la humanidad el pensar que un libro que desafía tantas normas sociales esté dentro de los favoritos de tantas personas. Si seguimos así, quizá una sociedad igualitaria no esté tan lejos como a veces me da la impresión. 

Muchas gracias por leer y comentar (y espero que todos estén teniendo un inicio de año académico no muy terrible) <3


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