lunes, 2 de marzo de 2015

Reflexiones nocturnas: la nostalgia y mi película favorita del mundo, que hoy cumple 50 años

Nací y crecí rodeada de elementos nostálgicos. Mi abuela, polaca, desde que yo era pequeña me narraba las historias del remoto pasado de sus antepasados europeos apoyada con fotos en blanco y negro de mundos y habitantes desconocidos. Mi abuelo, la figura que con el tiempo se transformaría en mi padre de corazón, melómano, reproducía todos los días en la antigua radio a los grandes artistas de antaño. Aprendí a caminar con Glen Miller, aprendí a comer sola con Chopin, y aprendí a escribir con los Beatles.

Crecí rodeada de mamushkas, relojes cucú y vajilla con florcitas. Cantaba canciones en polaco con mi abuela que hablaban de personajes y acciones que ya no se realizaban en el presente de aquél entonces. Aprendí a leer con los libros infantiles de mi mamá, los que retrataban a los clásicos de la literatura como muñequitos de fieltro ligeramente tenebrosos: Caperucita Roja, Pulgarcita (el más aterrador de todos), El Patito Feo.

Mis primeras obras literarias estaban todas influenciadas por El Jardín Secreto. Todos mis cuentos se contextualizaban en campos extensos, casas gigantescas y aisladas, en las que niñas solitarias se entretenían curioseando por los cientos de habitaciones de las mansiones, gozando de la inexistencia de familiares, pero a la constante alerta de la ama de llaves, quién era la única figura de autoridad en todas las historias.

Crecí con imágenes mentales de niñas con vestidos voluminosos, cabellos trenzados, camisones de dormir, camas con armazones de metal y crucifijos en la cabecera, cocinas a leña, chimeneas, alfombras, candelabros, tinas con patas de león.

Ninguno de los conceptos que he mencionado hasta ahora existió realmente ¿se dan cuenta? Era una niña normal, creciendo en el Chile de los 90, pero que vivía en la deliciosa imaginación del pasado, la nostalgia, imágenes de tiempos que ya no volverán, y que además estaban contextualizados en lugares lejanos que hasta el día de hoy no conozco: Inglaterra, Alemania, Polonia, Norteamérica, Rusia.

Crecí para transformarme en una adulta nostálgica. Fanática de todo lo que me regrese a la fantasía en la que crecí y que me haga escapar de la violencia, la velocidad, la brutalidad y la dificultad del presente. La literatura, el cine, la música, el arte. Todo lo que no existe realmente más que dentro de nosotros.

Hoy se cumplen 50 años desde que se estrenó La Novicia Rebelde ¿y qué? Pasa que toda esta reflexión surgió de mi intento por resolver por qué me gusta tanto una película que – superficialmente - no tiene nada que ver conmigo ni mi contexto, y ahora lo entiendo.

De niña, La Novicia Rebelde fue un aliño más a mi naturaleza nostálgica. Tal y como lo fue El Jardín Secreto, Glenn Miller, las mamushkas y Mary Poppins (nuevamente, con la grandísima Julie Andrews). Sin embargo, hoy, es una película que en los pocos minutos que dura una pieza cinematográfica logra sintetizar gran parte de los componentes nostálgicos de mi infancia, y que mencioné anteriormente. Hoy la miro (o la escucho, considerando que también es un maravilloso musical) y visualizo gran parte de la estética que compuso mi niñez.

Hoy veo y canto La Novicia Rebelde, y lo recuerdo todo, y el corazón nostálgico se me emociona y me dan ganas de llorar porque añoro demasiados tiempos maravillosos a los que nunca voy a poder regresar. Por un lado, la infancia, por otro, todos los componentes nostálgicos que he venerado a lo largo de mi vida y que realmente nunca viví: los tiempos de Pulgarcita, los tiempos de Cumbres Borrascosas, los tiempos de Los Beatles, los tiempos de El Gran Gatsby, los tiempos de mi abuela, de mis bisabuelos, de los personajes ficticios con los que crecí.

Lo anterior pareciera triste, pero la nostalgia – además de muchos otros - tiene un sabor dulce, quizá ligeramente masoquista, y para una persona que ha pasado 21 años viviendo en su imaginación, tener tantos lugares mentales en los que vivir es también maravilloso y reconfortante. Hoy, no teniendo ya más que reflexionar (por la noche), celebro los 50 años desde el estreno de mi película favorita de la vida. Ni siquiera por su importancia cinematográfica o musical, sino que meramente emocional. Y le mando un abrazo gigantesco a Julie Andrews, a quién guardo en mi corazón con más cariño que a muchos familiares por ser parte en mi alegre y nostálgico crecimiento con su formidable actuación y voz.  

Celebremos y bailemos y cantemos con una de las mejores canciones y escenas de la película:



Y de bonus track de la noche, uno de los grandes éxitos de Mary Poppins: 

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