domingo, 9 de noviembre de 2014

Cuento: "La mano agresora"

Viernes, treinta y cinco grados en la capital a las cinco de la tarde, Clara regresaba en micro a casa después de una jornada de ocho horas trabajando en la biblioteca municipal. Sin dejarse intimidar ni por sí misma ni por el calor, llevaba el cabello largo y rubio en un corte recto hasta la mitad de la espalda, una blusa apegada al cuerpo y una falda suelta. Se secaba las diminutas gotas de sudor que se le acumulaban bajo el flequillo cuando sintió una mano desconocida rozarle la parte posterior del muslo. Estas cosas en general ocurrían en el transporte público atochado de seres humanos, especialmente durante el verano cuando las jovencitas se veían prácticamente obligadas por las condiciones climáticas a enseñar el cuerpo, pero esta mano no parecía haberla rozado por casualidad. Al contrario, algunos segundos después, en el repentino movimiento en el que la micro frenaba, la mano desconocida se posó en la parte posterior del muslo y le tocó la entrepierna.

En un movimiento que tardó menos de un segundo Clara contrajo su existencia y la mano desconocida se retiró. En un acto inconsciente, al voltear su cuerpo se encontró con un oficinista de unos cuarenta y siete años. Con una mano se afirmaba de la barra justo por encima de la cabeza de Clara y la otra la llevaba guardada en el bolsillo del pantalón gris. La mano agresora. Su mirada era la de todas las personas que suben al transporte público a las cinco de la tarde un día viernes con treinta y cinco grados de temperatura. Un semblante entre agotado, indiferente e incómodo. Llevaba un bolso colgado al hombro izquierdo y el cabello castaño claro echado hacia uno de los lados. Se notaba que hace unos instantes se había peinado con la mano porque todavía podía observarse la huella grasosa de sus dedos.

Clara sufría de esto con frecuencia, pero solía ser bastante condescendiente para no caer en juicios erróneos. Considerando lo anterior, se había volteado nuevamente hacia la ventana, con las piernas bien juntas, dispuesta a proseguir su camino a casa sin novedades.

A la micro le tocó tomar una serie de curvas cerradas y los pasajeros, acostumbrados, se afirmaron con indiferente fuerza a sus respectivos pasamanos. Entre ellos, Clara, quién esta vez sentía que algo se removía en la parte posterior de su falda, mientras la tela del pantalón gris le rozaba nuevamente los muslos.

Repentinamente la puerta trasera de la micro se abrió, Clara sintió el perfume del desconocido al costado de su rostro y percibió un casi inaudible “te rompería el hoyo a pichulazos pendeja rica” para después oír las puertas cerrarse a su espalda. La mano agresora se había bajado, pero antes de hacerlo también había bajado por la espalda de Clara y había enterrado las uñas en una de sus nalgas. 

Clara miró por la ventana trasera de la micro y observó al oficinista caminar con tranquilidad por la vereda, con el mismo alivio de toda persona que baja del transporte público a las cinco diez de la tarde un día viernes con treinta y cinco grados de temperatura.

En la distancia entre aquella parada y la siguiente, Clara imaginó la vida del oficinista. Volvía a casa después de ocho horas de trabajo encerrado en un edificio con deficiente aire acondicionado. Llegaría, preguntaría qué hay de comer a la esposa que obligaría a hacer el amor cuando asumiese que todos estaban durmiendo en casa. Contemplaría la fisionomía desarrollada de su hija, tan similar a la que tenía su esposa cuando la desnudó por primera vez, y cuestionaría su andar, sus parejas, sus quehaceres, su vestimenta, su expresión, su existencia. El miércoles se encontraría con su amante, una jovencita de la misma edad de su hija, un par de años menor que Clara, y satisfaría todo lo que su esposa ya no podía satisfacer porque aquél no era el hombre con el que se había casado hace veinte años. Después tomaría la micro de regreso a casa, y depositaría la miseria de su existencia en el manoseo de la entrepierna de una jovencita, pocos años mayor o pocos años menor que su hija, como Clara.

Bajó de la micro en la parada siguiente y corrió las dos cuadras que la separaban de la parada anterior. La brisa de las cinco quince de la tarde enfrío el sudor que cubría su cuerpo y a dos cuadras hacia el interior de la calle en que había bajado, lo vio. Caminaba lentamente, fumaba un cigarrillo, balanceaba el bolso que llevaba colgado del hombro izquierdo.

Estrictamente hablando, la biología afirma que las mujeres poseen menos masa muscular que los hombres, mayor porcentaje de grasa corporal, sin embargo una expectativa de vida más alta. Los paradigmas sociales de occidente consideran que es el hombre el que debe encargarse de las labores tanto física como mentalmente demandantes, mientras que la mujer debe restringirse a tareas suaves que no aparenten interferir en el óptimo funcionamiento de su sistema reproductivo. Sin embargo, por esbeltas piernas, por estrechas cinturas, por delgados cuellos, por delicados cabellos, tanto mujeres como hombres pueden cargar alrededor de un 45% de su peso corporal. Es decir, una mujer como Clara podía cargar hasta un objeto de treinta kilos sin problemas.

La roca que halló en el piso era muchísimo más liviana, pero lo suficientemente pesada para destrozarle la mandíbula a una persona de ser lanzada a una velocidad media. La mano agresora intentó defenderse, pero esta vez no pudo ser tan rápida como cuando violentó la integridad física de Clara. Ya en el suelo, contempló los ojos desorbitados del oficinista, el cuello de la camisa manchado de sangre, la piedra con restos de diente, encía, carne, completamente sorda a los gritos de dolor.

En medio de la soledad de la calle, la tibia brisa de las cinco veinte de la tarde y la sombra de los árboles, Clara se levantó la falda, se quitó los calzones y los insertó en la que antaño había sido la boca del sujeto. “¿Esto es lo que querías, verdad, esto es lo que te calienta en tu miserable vida, hijo de puta?” le susurró al oído. Todavía consciente, en un vano intento de defenderse, él intento asirle una de las piernas, pero ella le pisó las manos. Las manos agresoras. Exaltada, fascinada, experimentado un poder del que nunca se había sentido dueña, Clara insertó uno de sus finos, níveos, suaves dedos en el orificio por el que estaba socialmente idealizada para traer vida y retirándolo rojo, le escribió en la frente: agresor.

Después volvió a casa, sin novedades.   

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