miércoles, 29 de enero de 2014

Nueva caída.

Hasta ayer a las 9 de la noche las cosas iban mejorando satisfactoriamente. El nerviosismo y el dolor por el robo en mi casa parecía cada vez más lejano, y las energías por trabajar por recuperar mis cosas estaban más altas que nunca. Empecé a hacer clases particulares de Inglés. Ayer a las 8.30 de la noche terminé la primera clase de mi vida, la primera vez en que le enseñaba algo a alguien, y estaba muy contenta porque más encima había sido una clase satisfactoria. Me habían pagado, me sentía como una buena profesora. Regresaba a mi casa feliz.

Sin embargo, media hora después, en el minúsculo tramo de 15 minutos en micro entre mi casa y la casa en la que hago clases particulares, todo se volvió a desmoronar un poco. Iba escuchando música contenta con mi teléfono, pequé de confiada, estúpida, sentí que nada podía pasarme en ese recorrido que llevo haciendo muchos años de mi vida; cuando de pronto las puertas de la micro se abren, un tipo me saca el teléfono de las manos y se baja corriendo.

Quedaban 5 cuadras para llegar a mi casa. 5 o 6 cuadras. Y se había ido. Cuando pude recuperarme del tirón que habían dado mis audífonos al salirse del teléfono el tipo ya había corrido cuadra y media. Lo había perdido.

Muchos podrían decir, era solo un teléfono, todos los días personas pierden sus teléfonos y siguen con sus vidas, es un mal rato, pero completamente recuperable. En mi caso no es tan así. Mi teléfono era el teléfono de mis sueños. Jamás en mi vida había tenido un teléfono tan maravilloso, y jamás habría podido siquiera soñar en tener un Samsung S4 si no hubiese sido porque gracias a una oferta en mi compañía pude comprarlo a mitad de precio de mercado. Muchos podrán decir “si era tu teléfono de los sueños ¿por qué no lo cuidaste más?” y allí es cuando me entra la rabia entre conmigo misma y con la sociedad. Siempre he sido cuidadosa, pero después de esta experiencia no me queda otra que decir que quizá podría haber sido más cuidadosa. Nunca sacaba el teléfono en lugares eventualmente peligrosos y desconocidos. Nunca lo soltaba, siempre lo tenía firmemente asido a mi mano o entre el pantalón y mi piel. Ni siquiera en el bolsillo, siempre en contacto con mi piel para sentir si es que alguien intentaba sacarlo. Sin embargo en ese sector, un sector que quizá no es particularmente seguro, pero que llevo recorriendo durante años, no me cuidé lo suficiente. Pensé que nada me pasaría allí, pensé “llevo años por acá, parece feo pero no es tan terrible”, pensé “todos andan escuchando música con sus teléfonos igual de grandes que el mío, además yo lo tengo firme en la mano, qué me va a pasar” y me pasó eso. Olvidé pensar que soy un blanco fácil, mujer, jovencita. Lección de la vida, nunca más confiarse en ningún lado, aunque sea un sector recorrido por años, y jamás sacar el teléfono a menos que sea estrictamente necesario. Mejor ahorrarme escuchar música en el camino con el teléfono, a que me vuelva a pasar esto.

Después de lo que acabo de decir, muchos otros podrían pensar “¿no le está poniendo mucho? Tuvo mala suerte nomás” pero ya no puedo permitir que esta mala suerte me siga atacando, porque ese era el teléfono más funcional que había tenido en mi vida, me servía para demasiadas cosas (leer, estudiar, hacer mis clases, entre otros) y ya no sé cómo lo voy a recuperar, porque no podré volver a pagarlo a mitad de precio hasta dentro de un año y medio.

Recuerdo todo esto, pienso en todo esto, e intento que no se me vuelvan a venir las lágrimas a los ojos. Mi familia no es demasiado pudiente,  vivimos al justo, y todas estas cosas como mi teléfono, mi cámara, mi notebook, me las había comprado con mucho, muchísimo esfuerzo. Por lo que aunque sean cosas materiales, duele, duele harto porque va a costar mucho, mucho volver a recuperarlas. De hecho, actualmente no sé qué voy a hacer porque estoy teniendo algunas dificultades con el tema del tamaño del chip, mi compañía y mi plan.

Estoy cansada y abrumada. Ya ni siquiera es haber perdido el celular, sino la sensación de que un grupo de seres humanos se llevó todas mis cosas, y se las van a poder seguir llevando. Porque este país no hace nada, nada para sacar a las personas de la marginalidad, nada para mejorar la educación, nada para imponer mayores sanciones a la delincuencia, y no existe absolutamente nada para hacerte sentir más seguro.

Ayer pensaba y me di cuenta que en cualquier lugar en el que exista un ser humano va a existir el temor al robo y el temor a la pérdida de tus objetos personales. No importa si eres millonario, no importa si vives en el campo, no importa si vives en el último piso de un edificio en la mitad de la ciudad, no existe absolutamente ningún lugar seguro. Quizá una casa en la mitad de la selva, pero el día en que un ser humano vea que la casa esta allí, fregaste.

Sé que mi visión puede ser pesimista, puede que con un poquito más de cuidado ya no me vuelvan a pasar estas cosas, pero estoy cansada, estoy deprimida, de solo recordar cuando me robaron el teléfono se me revuelve el estómago y de puro pensar en todo lo que ya no tengo y lo mucho que me va a costar recuperarlo me cuesta evitar que no me entre la angustia.

Tengo que seguir trabajando, y pensar que lo más valioso, las cosas que habitan al interior de mi cabeza, nadie me las puede robar. Es un buen consuelo momentáneo, pero cuando vuelvo a la realidad, a los números, al trabajo, a los estudios, a la plata, a la vida cotidiana… es agotador. Quiero ser optimista igual que cuando entraron a robar a mi casa, pero en este preciso instante me cuesta, siento que ya agoté todas mis energías de optimismo.

Supongo que después de que publique este escrito de desahogo tendré que dar vuelta la página, ver cómo resolveré lo de mi teléfono, y seguir trabajando intentando no recordar demasiado todo esto. Aunque mis emociones – por ahora – digan lo contrario, tengo que pensar que no es tan terrible, que voy a poder salir de esto y que no necesito andar angustiada y aferrada a todas mis cosas con uñas y dientes cuando ande por la calle, sino que sencillamente ser más cuidadosa. Tengo que pensar que ya va a pasar todo esto, voy a salir de la mala racha. No tengo que permitir que esto me arruine el comienzo del año y me predisponga negativamente. Voy a salir de esto y éste va a ser un buen año. Va a ser un buen año.

Espero tener mejores noticias la próxima vez que escriba por estos lados. Cuídense todos, cuiden sus cosas, e intentemos todos ser lo más felices que podamos en este campo de batalla que es la humanidad.  

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