martes, 17 de diciembre de 2013

Perderlo (casi) todo.


Ayer entraron a robar a mi casa. Y tal y como dice el título, lo perdí todo, o casi todo. Escribir siempre ha sido parte de todos mis procesos de sanación, por lo que desde ayer apenas nos dimos cuenta que vengo esperando un instante de tranquilidad para poder escribir y sacar todos los sentimientos que albergo en mi interior.

Ayer en la mañana salimos de mi casa con mi mamá a eso de las 7.30. Mis exámenes se supone que deberían haber terminado el viernes pasado, pero por un percance tuvo que ser postergado para este lunes, ayer. Estuvimos ambas casi todo el día fuera de la casa, mi mamá trabajando, y yo haciendo mi examen y después disfrutando mi primer día de vacaciones junto a mi pololo, en su casa. El día había sido particularmente bonito. Con mi pololo nos habíamos bañado en su piscina, reído, y disfrutado genuinamente del verano echados en el pasto, escuchando bossanova.

A eso de las 7.30 de la tarde comenzó la pesadilla. De pronto me llama mi mamá preguntando si mi abuela no me había llamado para avisarme que haría algo en la casa, porque estaban todos los cajones dados vuelta. - No mami, mi abuela no me ha dicho nada ¿cómo que están todos los cajones dados vuelta? La abuela no andaría haciendo esas cosas - Mi mamá tampoco entendía mucho, dijo que llamaría a mis abuelos y me llamaría. Colgamos, y quedé con un sabor extraño en la boca del estómago. 5 minutos después la llamé y su voz ya no tenía la relativa calma de antes, me dolió el estómago. Recuerdo el siguiente diálogo angustioso:

- Cata, los abuelos no fueron, ya vienen para acá, no sé qué pasó – decía mi mamá, entre angustiada y confundida.
- Y mamá ¿está mi notebook? – recuerdo que le pregunté
- ¿Tu notebook? ¿dónde estaba tu notebook?
- Donde siempre mamá, encima de mi escritorio
- No lo veo

Fue entonces cuando supe que algo verdaderamente malo había pasado y comenzó a entrarme una angustia que nunca había sentido. Alguien había estado dentro de nuestra casa.

- ¿Y mis cámaras mamá??? ¿están mis cámaras?? – recuerdo que pregunté mientras se me empezaban a humedecer los ojos.
- Tampoco las veo… nos robaron – sentenció mi mamá, mientras se le quebraba la voz.

Recuerdo esos momentos y se me vuelven a repletar los ojos de lágrimas. Recuerdo que se me cayó el teléfono (o lo tiré en alguna parte, la verdad es que no estoy segura) y me desarmé completamente. Yo no soy una persona que llore demasiado. Soy de emociones muy intensas, sí, muy intensas, pero me cuesta llorar. Sin embargo, en ese instante fue como si hubiesen apretado un botón en mí que dijera “iniciar llanto desesperado”. Recuerdo que se me deformó el rostro instantáneamente y antes de colgar ya tenía la cara empapada en lágrimas. Mi pololo me abrazó y me eché a llorar desconsoladamente sobre su pecho, emitiendo unos sonidos que jamás habían salido antes de mi interior. No eran gritos, no eran gemidos, era un llanto atronador que jamás había experimentado. No sólo se habían llevado mi notebook, sino que también se habían llevado a mis hijas, mis cámaras, y quién sabe qué otras cosas. Antes de colgar y gritarle a mi mamá entre sollozos que ya iba para allá, le pregunté si se habían llevado mis libros.

- Qué se van a haber llevado tus libros mi amor, a estos malditos no les interesan los libros.

Camino a casa con mi pololo mi mente se repletó de imágenes terribles, me pregunté si me habrían dejado algo, si le habrían hecho algo a mis gatos, y entre más nos acercábamos a mi casa más se me retorcía el estómago pensando en cómo encontraría mi casa, mi pieza, mis cosas. Entremedio llamé a mi papá y me dijo que los gatos estaban bien y me confirmó que aparentemente no se habían llevado ninguno de mis libros. Tuve algo para respirar, pero había muchas cosas que solo yo sabía dónde estaban, y tendría que llegar para revisar.

Al llegar a mi casa nos encontramos a toda mi familia y a los carabineros reunidos dentro. Saludamos como pudimos y corrí a mi pieza. Cuando vi el estado en el que se encontraba volví a echarme a llorar. Mi pieza, mi hogar, mi refugio había sido violentamente violado. Estaban todos los cajones dados vuelta, habían tocado mis cosas, mi ropa. Y no quedaba ninguno de mis objetos de valor, exceptuando mis libros, mis cuadernos con mis escritos a mano, y mis recuerdos.

Se llevaron casi todo. Mi notebook, mis dos cámaras digitales réflex, mis tres cámaras análogas. Todas las cámaras análogas habían sido regalos, solo una de ellas funcionaba y tenía una película esperando a ser revelada dentro, pero las demás tenían un importante valor emocional, aunque no funcionaran. Una de ellas había sido de mi abuela, con la que había tomado todas sus fotos de la juventud, comprada en Polonia y hecha en Alemania oriental. También se llevaron todos mis lentes, el hermoso teleobjetivo que había sido regalo de mis suegros, el lente luminoso que con tanto sacrificio había comprado, el adaptador macro/gran angular, todos los controles remotos, hasta el Timer Remote se lo llevaron, aunque ni deben haber sabido para qué carajos era. Claramente también se llevaron todos los cargadores y chips. Lo único que dejaron por el camino, porque se les debe haber caído, fue la batería de mi Canon T3i y uno de los chips. Todavía no reviso si tiene fotos, pero si tiene deben ser muy pocas e insignificantes. Muy amablemente dejaron el cargador de mi celular, gracias señores ladrones hijos de la gran puta. También se llevaron mi disco duro externo, en el que respaldaba todo lo que estaba dentro de mi notebook. Ergo, no me quedé con nada. Perdí absolutamente todas mis fotos y filmaciónes, todas. Todo lo que queda ahora es lo que subí a facebook y a flickr. Por suerte, todos mis escritos antiguos (fanfics de la adolescencia, más muchos escritos de mi infancia) los tenía en un pendrive que no se llevaron, y muchos de mis escritos y trabajos universitarios recientes están repartidos entre mi mail y este blog, por lo que no perdí tanto en términos de escritura.

También se robaron la cámara de mi mamá, los regalos Navideños,  mi iPod (ya jubilado y reducido a un pendrive más), joyas (aunque eran todas de fantasía, en mi casa nadie utiliza joyas de verdad), celulares antiguos, hasta mi mochila para la U. Lo único que podrían haberse llevado y no lo hicieron porque no lo deben haber visto, fue el humilde notebook de mi madre, guardado en una funda color verde musgo, desde el cual escribo en este instante.

Mis sentimientos actuales son ambiguos. Anoche casi no pude dormir, y hoy con mi madre hemos dedicado todo el día a reconstruir nuestra seguridad. El apoyo de mi pololo, mis abuelos, amigos y conocidos, nos ha ayudado a mantenernos fuertes; pero es imposible que la pena, la rabia y la impotencia se vayan. Cuando tu hogar es violentado se siente un desamparo difícil de comparar con cualquier otra cosa. Por un instante es como si las paredes de tu casa no existieran, y sintieras que absolutamente todo lo que has adquirido con muchísimo esfuerzo, durante toda una vida, estuviese tirado en la calle, listo y dispuesto para que un grupo de hijos de puta se los lleve así como así. Anoche era gracioso porque cada pequeño objeto que encontraba repartido en mi habitación, como un recuerdo de los objetos robados, lo guardaba en mis bolsillos como si no quisiera volver a separarme nunca más de ellos, como si estuviese construyendo un minúsculo campamento con un lugar en el que acumular mis pocas preciadas pertenencias.

Para entrar sacaron las rejas de la ventana del baño, e intentaron forzar otras ventanas sin demasiado éxito. Nadie vio ni escuchó nada, y teniendo a mis abuelos al lado de mi casa, sospechamos que deben haber entrado a robar apenas nos fuimos de la casa, a eso de las 8 de la mañana, mientras todas las demás personas en el barrio dormían. Los ladrones estaban dateados, sabían de nuestros movimientos.

Actualmente, intento no pensar demasiado en todo lo que perdí o nuevamente me entran unas poderosas ganas de llorar. Todos mis planes de comenzar a ejercer amateurmente de fotógrafa (planeaba fotografiar a la preciosa Vale de Couture Animals) se fueron al diablo. Actualmente, mi única cámara es la de mi teléfono (con el cual prácticamente dormiré para que no le pase nada), y mi primera prioridad será conseguir un notebook, considerando que es trascendental para mi U.

Todos sabemos que nos hace mal pensar en esto del “qué habría pasado si…”, pero son este tipo de instancias las que nos hacen apreciar mucho más todo lo que tenemos, y nos permite estar muchísimo más alertas de la existencia... la vida puede cambiar en medio segundo. Se me retuerce el estómago de sólo pensar qué habría pasado si no me hubiesen cambiado el examen del viernes para el lunes. Qué habría pasado si me hubiese quedado durmiendo en mi casa esa mañana. Yo no creo ni en milagros ni en ningún Dios; creo en las casualidades del universo, lo que vuelve cada instante muchísimo más frágil. Sin embargo, es en esa fragilidad dónde está la belleza de la perfección de cada instante, y el aprecio todavía más grande de estar sana y salva con mi familia.

Nunca voy a poder recuperar los recuerdos que perdí dentro de mi cámara, dentro del computador, dentro de mi disco duro, dentro de ese rollo fotográfico que tenía la cámara análoga. Pero todavía tengo muchos años para seguir construyendo más de ellos, atesorándolos mucho más y mejor, y nunca nada ni nadie, ni los mejores ladrones de la existencia, me van a quitar lo que tengo dentro de la cabeza y el alma: mis emociones, mis apreciaciones, mis recuerdos.

Si lo racionalizamos un poco, podemos darnos cuenta que en el fondo las personas que hicieron esto no tienen la culpa. Si lo racionalizamos podernos darnos cuenta que todas esas personas son hijos abandonados de la sociedad, carentes de valores y de educación. Por lo que llega un punto en el que ya no sabes con quién estar molesto: si con la justicia, por ser tan como el hoyo; si con la sociedad, por ser tan mediocre y excluyente; si con las mismas personas, por hijos de puta.

Al final, entre pasar más rabias, no queda otra que dar vuelta la página y empezar a trabajar por recuperar la seguridad, la moral, y seguir construyendo la vida con trabajo, esfuerzo, y como decía don Juan (de la serie de libros por Carlos Castaneda “Las Enseñanzas de don Juan”, uno de los libros más importantes en mi vida): vivir como un guerrero, porque la vida es un campo de batalla hermoso pero dificilísimo, y todo lo que quieras hacer, si lo quieres hacer bien, tendrás que hacerlo de la forma difícil.

“The basic difference between an ordinary man and a warrior is that a warrior takes everything as a challenge while an ordinary man takes everything as a blessing or a curse.”


“Only as a warrior can one withstand the path of knowledge. A warrior cannot complain or regret anything. His life is an endless challenge, and challenges cannot possibly be good or bad. Challenges are simply challenges.”

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