viernes, 27 de septiembre de 2013

Venus

El día de de la muerte de Clara fue raro. Más raro todavía de lo que podría ser comúnmente un día en el que una persona muere.

Recuerdo que era feriado, parte de la larga serie de días feriados durante las celebraciones patrias. Era una mañana radiante, alrededor de las 10. La noche anterior había garuado, por lo que el cielo se había limpiado parcialmente y estaba precioso, decorado justamente con nubes esponjosas. El sol me llegaba a la frente mientras leía, cuando Maite irrumpió en nuestra casa gritando. Todos en casa éramos personas quizá excesivamente calmas, por lo que gritar a todo pulmón en esta circunstancia era completamente pertinente para alarmarnos lo que ameritaba la situación.
- AYUDA, AYUDA, LA CLARA, LA CLARAAA - gritaba.
Maite era nuestra vecina, pero también mi tía y hermana de mi papá. La Clarita, por ende, era mi prima hermana, y aunque no correspondía, siempre la contemplé con el fervor con el que se contemplaría a una Diosa. Siempre me gustó.

Clara era bonita, pero no de esas bonitas que todos considerarían como tal. Era muy alta, quizá demasiado alta para lo que le convenía, y ligeramente robusta. No era gorda, en absoluto, pero no era lo esbelta que eran todas las mujeres de su edad. Para mí, era perfecta. Como las pinturas y las esculturas de Venus. Curvilínea, de cabello anaranjado, ojos oscuros y tez pecosa, adorable.
Eso sí, no tenía buen carácter. Era inteligentísima, la más inteligente; pero se enojaba con facilidad y no tenía demasiada tolerancia ni a las equivocaciones propias, ni a las ajenas. Siempre esperaba que todos nos comportáramos como los mismos Dioses con los que ella estaba acostumbrada a codearse en el Olimpo.

Para ser cercano a Clara había que ser alguien. Destacado, intelectual, y si no se tenía ninguna de estas dos cualidades, se subían un par de escalones hacia su trono siendo bello. Yo no tenía ninguna de estas características. Tanto mi aspecto físico como intelectual eran genéticamente mediocres. Siempre le puse mucho empeño a todo, pero las exigencias de la sociedad occidental y moderna eran demasiadas para mí y nunca pude alcanzarlas lo suficiente para destacarme. A mí me gustaba soñar, dibujar, leer, y coleccionar piedrecitas que fuesen geométricamente perfectas. Pero todo esto resultaba demasiado vacuo para Clara, insignificante. Además, no es que haya podido conocerme mucho. Aunque éramos vecinos y tomábamos once juntos casi todos los días en la casa de mi tía Maite, pocas veces me atreví a hablarle y ella pocas veces me dirigió la palabra. Nuestra comunicación se reducía a pedirnos mutua y educadamente, la mantequilla y la sal.

Recuerdo que me demoré bastante en reaccionar. Maite gritaba desesperadamente, pero yo me tomé mi tiempo para colocar el marcador entre las páginas y dejar el libro sobre el velador antes de salir de la cama.
- Dios mío, qué pasa - decía mamá, arrastrando apresuradamente las pantuflas hacia la entrada de la casa.
- LA CLARA, LA CLARA DANIELITA, SE ME CAYÓ EN LA DUCHA Y NO RESPONDE.

Ante las palabras "no responde" fue que realmente caí en la gravedad del asunto. 

Tuvimos que sacarla entre los cuatro de la ducha, agarrando cada uno, uno de sus miembros todavía húmedos y ligeramente jabonosos. Fue una situación extraña y algo incómoda. Maite había corrido tan apresuradamente a nuestra casa que no había habido tiempo de cubrir a Clara con nada, por lo que por primera vez la vi desnuda. Había repetido este instante tantas veces en mi mente. Pero en mis sueños Clara era perfecta, como la Diosa que siempre fue para mí. De piel tersa, perfecta, simétrica, con un aroma dulce cada vez que hundía mi rostro en su estómago ficticio. Sin embargo, mientras la sacábamos de la ducha y la colocábamos en el suelo para que papá intentara reanimarla mientras mamá llamaba a una ambulancia, no podía dejar de pensar que Clara habría considerado indigna aquella forma de morir: desnuda, vulnerable, revelando todas las imperfecciones que minuciosamente ocultó mientras estaba vestida, y viva. Por lo mismo, me resultó imposible contemplarla con lujuria. Sentía que cada mirada curiosa era un insulto a su voluntad, a su privacidad, a su intimidad. Tenía los pechos caídos, uno más grande que el otro, estrías, el estómago ligeramente abultado, un pubis poco frondoso, una cicatriz larga bajo el pecho izquierdo y varias cicatrices pequeñas al interior del muslo derecho. Jamás me atreví a preguntar por las cicatrices.  

Su desnudez, más que endiosarla aun más, parecía bajarla al mismo plano del resto de las mujeres humanas. Y por ende, por primera vez, estaba a un nivel en el que yo, un vulgar mortal, podía tomarle cariño. Antes, su condición de Diosa la ponía tan lejos de mi alcance que jamás llegue siquiera a osar sentir amor por ella. Lo que sentía por Clara era un fanatismo que intentaba disfrazarse de amor platónico, un fanatismo que producía cartas que jamás le entregué, un fanatismo que la transformaba en la protagonista de todos mis sueños. Y su imagen me imponía tanto respeto que jamás había siquiera intentado imaginarla en un contexto cotidiano, mortal, vulgar; ella era demasiado para eso. En aquél instante, sin embargo, contemplando su cuerpo todavía tibio, pude imaginarme queriéndola. Abrazándola, acariciando sus imperfecciones, tocando sus labios, riendo juntos, haciéndola feliz.  

Pero ya era demasiado tarde.


Mientras la hundían en la tierra, vestida y maquillada elegantemente, nuevamente endiosada, me despedí de ella agitando suavemente la mano. Por fortuna, nadie lo notó, se habría visto un poco extraño en un muchacho de 20 años. Pero necesitaba decirle adiós con aquél gesto cotidiano, torpe, infantil. Como símbolo del vínculo minúsculo que alcancé a generar con aquella joven mientras se le escapaba la vida sobre las baldosas del baño de su casa. La Clarita, mi prima. 

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