domingo, 29 de septiembre de 2013

Presentación del primer video en sociedad.

Queridos lectores del blog,

Es extraño dirigirme a ustedes. Todavía se me hacen una etérea masa de personalidades anónimas. No sé quiénes leen el blog, ni quiénes no. Pero tengo la esperanza de que el contador de visitas no cuente solo las mías. El caso es que hoy venía a presentarles, con mucho orgullo, uno de mis últimos trabajos.

Siempre me han gustado las artes visuales. La fotografía, la ilustración, pero también me gusta mucho el video, la filmación, la animación, el stop-motion. Hasta ahora, jamás había podido filmar porque no tenía una cámara que filmara (mi amada XSi, la cual finalmente decidí no vender, lamentablemente no podía capturar video). Durante varios años creé algunos videos utilizando técnicas alternativas que no requerían filmar video: stop-motion y animación. Sin embargo, siempre quise filmar. Siempre quise poder capturar el ligero vaivén del pasto con la brisa, el movimiento de las ramas, detalles minúsculos que no se logran capturar con algo que no sea video. Fue así como comencé a ahorrar, y hace algunas semanas recibí a la nueva miembro de la familia: una hermosa Canon Eos Rebel T3i, la cual filma. Es así como con ella nos hemos embarcado en un mundo totalmente nuevo de aventuras.

Jamás pensé que la filmación fuese tan difícil. No solo es difícil filmar, sino que lo más difícil es editar. Los programas que se requieren son muy pesados, y si bien mi computador es bastante bueno (o al menos siempre pensé que lo era), igualmente se demora mucho en procesar todo.

Pero bueno, el caso es que después de 6 horas editando con mucho esfuerzo, y alrededor de dos semanas aprendiendo a utilizar los programas, nació mi primer videito. Además, mi primer time-lapse, y el primer video satisfactorio que filmo con mi cámara nueva. No es un gran video. Todavía soy una primeriza, por lo que es bastante pichiruchi y todavía tiene muchas cosas que se le podrían mejorar. Sin embargo, con algo se parte, y espero ir mejorando con la práctica.

Sin más preámbulos, les presento: Océano Mar.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Venus

El día de de la muerte de Clara fue raro. Más raro todavía de lo que podría ser comúnmente un día en el que una persona muere.

Recuerdo que era feriado, parte de la larga serie de días feriados durante las celebraciones patrias. Era una mañana radiante, alrededor de las 10. La noche anterior había garuado, por lo que el cielo se había limpiado parcialmente y estaba precioso, decorado justamente con nubes esponjosas. El sol me llegaba a la frente mientras leía, cuando Maite irrumpió en nuestra casa gritando. Todos en casa éramos personas quizá excesivamente calmas, por lo que gritar a todo pulmón en esta circunstancia era completamente pertinente para alarmarnos lo que ameritaba la situación.
- AYUDA, AYUDA, LA CLARA, LA CLARAAA - gritaba.
Maite era nuestra vecina, pero también mi tía y hermana de mi papá. La Clarita, por ende, era mi prima hermana, y aunque no correspondía, siempre la contemplé con el fervor con el que se contemplaría a una Diosa. Siempre me gustó.

Clara era bonita, pero no de esas bonitas que todos considerarían como tal. Era muy alta, quizá demasiado alta para lo que le convenía, y ligeramente robusta. No era gorda, en absoluto, pero no era lo esbelta que eran todas las mujeres de su edad. Para mí, era perfecta. Como las pinturas y las esculturas de Venus. Curvilínea, de cabello anaranjado, ojos oscuros y tez pecosa, adorable.
Eso sí, no tenía buen carácter. Era inteligentísima, la más inteligente; pero se enojaba con facilidad y no tenía demasiada tolerancia ni a las equivocaciones propias, ni a las ajenas. Siempre esperaba que todos nos comportáramos como los mismos Dioses con los que ella estaba acostumbrada a codearse en el Olimpo.

Para ser cercano a Clara había que ser alguien. Destacado, intelectual, y si no se tenía ninguna de estas dos cualidades, se subían un par de escalones hacia su trono siendo bello. Yo no tenía ninguna de estas características. Tanto mi aspecto físico como intelectual eran genéticamente mediocres. Siempre le puse mucho empeño a todo, pero las exigencias de la sociedad occidental y moderna eran demasiadas para mí y nunca pude alcanzarlas lo suficiente para destacarme. A mí me gustaba soñar, dibujar, leer, y coleccionar piedrecitas que fuesen geométricamente perfectas. Pero todo esto resultaba demasiado vacuo para Clara, insignificante. Además, no es que haya podido conocerme mucho. Aunque éramos vecinos y tomábamos once juntos casi todos los días en la casa de mi tía Maite, pocas veces me atreví a hablarle y ella pocas veces me dirigió la palabra. Nuestra comunicación se reducía a pedirnos mutua y educadamente, la mantequilla y la sal.

Recuerdo que me demoré bastante en reaccionar. Maite gritaba desesperadamente, pero yo me tomé mi tiempo para colocar el marcador entre las páginas y dejar el libro sobre el velador antes de salir de la cama.
- Dios mío, qué pasa - decía mamá, arrastrando apresuradamente las pantuflas hacia la entrada de la casa.
- LA CLARA, LA CLARA DANIELITA, SE ME CAYÓ EN LA DUCHA Y NO RESPONDE.

Ante las palabras "no responde" fue que realmente caí en la gravedad del asunto. 

Tuvimos que sacarla entre los cuatro de la ducha, agarrando cada uno, uno de sus miembros todavía húmedos y ligeramente jabonosos. Fue una situación extraña y algo incómoda. Maite había corrido tan apresuradamente a nuestra casa que no había habido tiempo de cubrir a Clara con nada, por lo que por primera vez la vi desnuda. Había repetido este instante tantas veces en mi mente. Pero en mis sueños Clara era perfecta, como la Diosa que siempre fue para mí. De piel tersa, perfecta, simétrica, con un aroma dulce cada vez que hundía mi rostro en su estómago ficticio. Sin embargo, mientras la sacábamos de la ducha y la colocábamos en el suelo para que papá intentara reanimarla mientras mamá llamaba a una ambulancia, no podía dejar de pensar que Clara habría considerado indigna aquella forma de morir: desnuda, vulnerable, revelando todas las imperfecciones que minuciosamente ocultó mientras estaba vestida, y viva. Por lo mismo, me resultó imposible contemplarla con lujuria. Sentía que cada mirada curiosa era un insulto a su voluntad, a su privacidad, a su intimidad. Tenía los pechos caídos, uno más grande que el otro, estrías, el estómago ligeramente abultado, un pubis poco frondoso, una cicatriz larga bajo el pecho izquierdo y varias cicatrices pequeñas al interior del muslo derecho. Jamás me atreví a preguntar por las cicatrices.  

Su desnudez, más que endiosarla aun más, parecía bajarla al mismo plano del resto de las mujeres humanas. Y por ende, por primera vez, estaba a un nivel en el que yo, un vulgar mortal, podía tomarle cariño. Antes, su condición de Diosa la ponía tan lejos de mi alcance que jamás llegue siquiera a osar sentir amor por ella. Lo que sentía por Clara era un fanatismo que intentaba disfrazarse de amor platónico, un fanatismo que producía cartas que jamás le entregué, un fanatismo que la transformaba en la protagonista de todos mis sueños. Y su imagen me imponía tanto respeto que jamás había siquiera intentado imaginarla en un contexto cotidiano, mortal, vulgar; ella era demasiado para eso. En aquél instante, sin embargo, contemplando su cuerpo todavía tibio, pude imaginarme queriéndola. Abrazándola, acariciando sus imperfecciones, tocando sus labios, riendo juntos, haciéndola feliz.  

Pero ya era demasiado tarde.


Mientras la hundían en la tierra, vestida y maquillada elegantemente, nuevamente endiosada, me despedí de ella agitando suavemente la mano. Por fortuna, nadie lo notó, se habría visto un poco extraño en un muchacho de 20 años. Pero necesitaba decirle adiós con aquél gesto cotidiano, torpe, infantil. Como símbolo del vínculo minúsculo que alcancé a generar con aquella joven mientras se le escapaba la vida sobre las baldosas del baño de su casa. La Clarita, mi prima. 

sábado, 7 de septiembre de 2013

domingo, 1 de septiembre de 2013

Detalles para la añoranza.


Anoche, mientras apoyaba las manos contra el borde de la estufa para hacerlas entrar en calor, posé distraídamente la mirada en las cutículas de mis uñas cuando noté diminutos restos de esmalte rojo que la acetona no había podido eliminar. Además de lo cotidiano de la acción, había algo familiar en el sentimiento que me traían esas máculas de pintura. Fue entonces cuando recordé un instante perdido en el que esas diminutas e insignificantes partículas habían sido importantes.