martes, 9 de julio de 2013

Los últimos minutos de los 19 y los primeros de los 20.

El día de mi cumpleaños es un día que me produce sentimientos terriblemente ambivalentes. Por un lado está el entusiasmo, la ansiedad y la alegría que produce tener un día casi estrictamente para ti, en el que se te perdona no lavar los platos y se te permite comer 5 pedazos de torta en lugar de 1. Pero por otro lado, está el nerviosismo que me produce el temor a no tener un cumpleaños lo feliz que la sociedad dice que deben ser los cumpleaños. Que algo salga mal y todo se arruine, que algo haga enojar a mis familiares, que ninguna amistad se acuerde de mí, decepcionarme.

Siempre intento no esperar nada, intentar hacer como si éste fuese un día más del año y sencillamente dejar que las cosas positivas lleguen. Sin embargo, no puedo evitar generarme expectativas, y muchas veces temo que no se cumplan y que torpemente termine triste.  Jamás me ha pasado. Jamás he tenido un cumpleaños triste. Sin embargo, las horas antes a mi cumpleaños me embarga un nerviosismo que roza la neurosis.

De más niña no me pasaba. Al contrario, esperaba con ansias la llegada de mi cumpleaños y armar una fiestecita con todos mis amiguitos. Empero, estos tres últimos cumpleaños han sido los más nerviosos. Al menos durante la víspera y los primeros minutos. Pasadas las 12, comienzo a tranquilizarme, y al día siguiente ya puedo realmente disfrutar de mi cumpleaños. Allí me dan ganas de celebrar y mimarme con mi nuevo año.

La víspera de este cumpleaños fue especialmente graciosa aunque neurótica, como una risita nerviosa.  Durante el día intenté ignorar que al día siguiente cumpliría 20 años, cambiaría de folio, me volvería más anciana, y realicé todas mis actividades normalmente. Alrededor de las 7 comenzó mi ansiedad y me nació la idea de fotografiar mis últimas horas como diecinuevañera. He allí el pequeño desahogo artístico y narcisista que publiqué en mi entrada anterior. Después de la foto, me sentí bastante mejor y pude sobrevivir sin nerviosismos excesivos hasta pasada la cena con mi madre. Ya con el estómago lleno y la llegada del 9 de Julio inminente, comenzó nuevamente mi inquietud.

Los últimos minutos antes de las 12 se sintieron como una versión más tenebrosa de año nuevo. Comienzan darme ganas de ir al baño, pero no quiero ir porque no quiero pasar los primeros minutos de mis 20 años en el baño. También me comienzan a dar muchas ganas de realizar mini rituales para sellar un buen inicio de mi segunda década ¡pero queda tan poco tiempo!

Esta vez, por primera vez, alcancé y decidí hacer algo que se sintió muy torpe y ligeramente cinematográfico: Mientras una amiga llevaba la cuenta por chat, con la hora oficial por internet, de cuántos minutos faltaban para las 12, decidí que si quería pasar en algún accesible mis últimos minutos de 19 años y los primeros de los 20, era junto a la estufa y junto a mis gatos. Mientras me ubicaba me picaron las manos y quise escribirlo, por lo que me apresuré a agarrar mi diario y un lápiz, y escribir un par de breves garabatos que retrataban mi situación. Escrito todo y girando la cabeza para leer en mi computador que mi amiga escribía "UN MINUTOOOO", me acerqué a la estufa, le hice cariño a mi gata, me aferré a mi diario y al lápiz, y esperé.

Los siguientes fueron los segundos más torpes y cinematográficos. Por un instante, me sentí como si estuviese esperando el fin del mundo, aferrada dramáticamente a algunas de las cosas que más amaba: un rincón tibio y acogedor, mis gatos y mi literatura. Llegué a cerrar los ojos, casi esperando un golpe, un rayo, la caída de un meteoro, el fin de la existencia, algo que me indicara que ya todo había pasado; cuando de pronto, magistralmente, dramáticamente, teatralmente sonó mi celular (el cual por cierto suena con esta canción, muy ad-hoc).

Era mi amiga, mi Dani, quién era la primera en saludarme para mi cumpleaños. Y entre narrarle la torpe acción que había realizado en mis últimos minutos de diecinueveañera, la tensión se me comenzó a ir en largos suspiros y empecé a tranquilizarme.

A una hora ya de haber cumplido los 20 años, todavía estoy dejando a la tensión irse. No se siente nada distinto. Solo la brutal revelación de que ni los 19 años, ni los 18, ni los 17, ni los 15, ni los 8 regresarán jamás.  

Se me viene todo un día de cumpleaños. Ojalá sea bonito.  

Untitled
La anterior es una composición que hice para mi cumpleaños número 18, en un intento de aplacar mi nerviosismo del momento.

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