martes, 2 de julio de 2013

Conflictos con la sociedad, episodio 1.

K. era una buena persona pero le costaba mucho hacer amistades. Era amable, tranquila, alegre, siempre estaba dispuesta a ayudar a quién la necesitase y a defender a quién fuese juzgado injustamente. Sin embargo, no era la falta de virtudes lo que dificultaba su sociabilización, sino lo mucho que le costaba disfrutar de lo que por convención disfrutaban todas las personas de su edad.

"Comencemos en la playa, terminemos en la cama. Trae la toalla porque te vas a mojar" rezaba la canción al son de la cual todos conversaban y brindaban, ignorándola completamente. El vaso de plástico lleno de cerveza fría. En 20 minutos, el cenicero repleto de colillas de cigarro. El piso pegajoso, las voces estruendosas, y por sobre la capa de humo, las estrellas, confundidas entre unas nubes que no eran propias del cielo.

K. estaba rodeada de buenas personas, la habían invitado con entusiasmo y no había gastado ni medio centavo: la cerveza había sido regalo de M. y el único cigarrillo que fumó en esas tres horas, había sido obsequio de A. La conversación era animada y alegre. Muchas risas, golpecitos en la espalda, idas al baño y referencias a lo frío del clima. La situación era casi perfecta ¿por qué no lo estaba disfrutando? La cerveza era amarga, el humo (tanto de su propio cigarro como el de otros) la ahogaba, la perturbadora música le hacía imposible oír lo que sus compañeros de mesa decían. Entonces, para participar del comportamiento ritual de sus coetáneos de embriagarse, prefería hacerlo en el silencio de la observadora. Muchas veces le preguntaban qué le pasaba, si buscaba algo, si tenía algo que convidar. Pero no, entonces se limitaba a sonreír para dar a entender que realmente lo estaba pasando muy bien, soltar una breve carcajada y proseguir observando.

La joven embriagada, el sobrio silencioso, el rudo ablandado, el tímido extrovertido. Cerveza negra, dorada, quinientos pesos más cara, quinientos más barata.

Durante esas tres horas, cuando el sonido de la música era tal que ya sencillamente se hallaba completamente sorda a la conversación de la mesa, alzaba el rostro al cielo e intentaba contemplar las estrellas en aquél firmamento que no debería tener nubes. Si mal no recordaba de las clases de astronomía, el hermoso cúmulo de estrellas que tenían sobre la cabeza debía ser "El Joyero". Baja la mirada, un trago de cerveza, amarga, arruga el rostro intentando pasar lo más desapercibida posible y arriba la mirada otra vez, en las estrellas, el único lugar que puede sacarla de allí.

- ¿Todo en orden K? ¿lo estás pasando bien? - le preguntaban. Eran buenas personas, se preocupaban todo lo que podían.
- Sí, sí - respondía ella con absoluta seguridad. No le gustaba decepcionarlos. Aunque en el fondo no le gustaba parecer que tenía un comportamiento anormal.
- ¿Qué miras tanto? - preguntaba A.
- Las estrellas, mira ¿ves ese grupito allá arriba? - preguntaba.
- Sí, sí - respondía A.
- Se llama cúmulo El Joyero.
- ¿En serio? - decía él, todo lo interesado que podía estar - qué entretenido - y volvía a sus quehaceres. El trago de cerveza, la palmeada en la espalda, la risa y la calada al cigarro.

Le habría gustado decirlo en voz alta. Contar cómo nacían los planetas. Explicar la maravillosa relación entre temperatura, antigüedad y color de las estrellas. El fenómeno de los agujeros negros. O sencillamente hacer una breve mención a la cruz del sur. Pero sabía que no sería factible decirlo y salir invicta en aquel contexto. No se reirían, eran muy buenas personas, pero la contemplarían con atención y posteriormente no podrían hacer más que mirarse entre ellos y sonreír con vergüenza ajena. Pobre K, tan pava.

Nadie podía decir que no se esforzaba, se esforzaba todo lo que podía. A ratos, la única motivación era esa convención social que establecía cómo una persona de su edad se debería sentir y comportar, entonces detestaba a la sociedad porque en el fondo no era parte de ella, pero estaba obligada a vivir dentro de ella. Sin embargo, a otros ratos, la motivación era la propia tristeza de no tener muchos amigos, la cual nacía de esa otra convención social de que uno debe tenerlos y la forma de hacerlos es aquella.

 - ¿Más cervecita K? - preguntaba J. con la sonrisa más amigable que podría haber hallado a 3 kilómetros a la redonda.

Una mirada al joyero en búsqueda de una escapatoria, pero las estrellas la contemplaban con indiferencia. Abajo la mirada y allí estaba J. otra vez con la botella en una mano, un cigarro en la otra y una sonrisa que intentaba lucir convincente, ancha, acogedora, sincera. No podía decepcionarla.

- Bueno, pero un poquito nomás.


La hija conflictiva de la sociedad. Condenada a necesitar de ella y sufrir la incapacidad de seguir sus reglas. 

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