martes, 18 de junio de 2013

Objetos atemporales 1: la estufa.

El sonido de la estufa es uno de los más agradables que trae consigo la llegada del invierno. Es una estufa antigua. Tan antigua que ya no se le ve ni la marca ni las instrucciones para encenderla, por lo que no sé ni qué marca es y la forma de encenderla lleva en mí la cantidad de tiempo que llevo sabiendo cómo respirar. Tiene un sonido característico que, me parece, no deberían hacer las estufas. Pero como ésta es viejita, se le perdona.

Después de tantos años entibiando mis inviernos, he asociado su zumbido a todos esos sentimientos de tranquilidad y bienestar que también trae consigo el descenso de las temperaturas. Todas esas noches lluviosas de truenos y relámpagos en las que con mi madre apagábamos las luces de la casa para ver bien la tormenta, y el único resplandor anaranjado que permanecía era el de la estufa, con aquél  eterno y característico zumbido. Todos esos días que llegaba empapada del colegio, después de venirme  todo el camino saltando sobre pozas, y dejaba mis zapatos y calcetines secándose encima, mientras el calor de la estufa me entibiaba las piernas todavía flacas. Todas esas noches frías en las que me arrimaba bajo el tendedero de ropa con alguno de mis gatos, a sencillamente sentir el calor de la estufa en mi rostro y el olor a ropa limpia y húmeda a mi alrededor.

Una vez le quemé la cola a un peluche de lo cerca que estaba.

Hoy, ya no quepo bajo el tendedero. Pero todavía, cada vez que mi madre pone la ropa a secar al costado de la estufa, me hago un espacio como puedo y me entibio el rostro hasta sentir que está a punto de arder como la cola del gato Tom. Mientras afuera aúlla la tormenta, el único sonido que me rodea es aquél característico zumbido que diariamente asocia nuevos recuerdos.