sábado, 13 de abril de 2013

Intruso.


Poco después del terremoto, el muro que separaba el terreno de mi casa de la de mi vecina, se cayó.

Hasta entonces, prácticamente había ignorado la noción de tener una vecina. El muro que nos apartaba había sido siempre tan ridículamente alto, que las únicas veces que la había visto habían sido un par de ocasiones en las que ella - infiero por el bolso y la cabeza gacha - volvía de su institución de estudios y a mí me habían mandado a comprar el pan para la once.

No era muy bonita, ni parecía demasiado inteligente. Caminaba siempre ligeramente encorvada, en prendas desteñidas que añoraban algún pasado de esplendor y era quizá demasiado alta para lucir proporcionada; por lo que jamás pudo llamar mi atención de ninguna forma, hasta que el muro se cayó.

Ocurrió un viernes por la madrugada, y todos despertamos creyendo que ahora si que sí se acababa el mundo. Era primera vez que todos nos veíamos las caras, y tuvimos el gusto de hacerlo en pijamas, con rostros sobresaltados, nuestras madres sin maquillaje y los escombros del muro entre nosotros.

Mientras mi padre coordinaba con el suyo los pormenores para reparar el muro - entre una breve disputa de quién era más dueño de éste -, ella se retiró a dormir. No necesité inferirlo, porque desde mi fresca mitad de jardín en la oscuridad, pude ver como se arropaba en la cama antes de apagar la luz. El hábito de privacidad que había sido el muro, la había acostumbrado a dormir con las cortinas abiertas, en una habitación que daba justo en dirección a la mía.

La reparación del muro no fue rápida, mucha discusión por el tipo de material, cotización y búsqueda de empresa constructora. Por lo que durante el tiempo en que compartimos jardín, desarrollé el inusual hábito de observarla. No me tomen por degenerado, por favor. Mis contemplaciones eran parte de un análisis meramente académico que no tenía absolutamente nada de perverso, tan solo la inocua curiosidad por la cotidianidad de una joven.

Siempre pareció vivir distraída, despreocupada, aparentemente ajena a la realidad, como si el muro jamás se hubiera derrumbado. Yo la contemplaba ávido, ya casi sin interés en mis libros, pero ella no miró en mi dirección ni una sola vez en esas cinco semanas.

Durante la noche, cuando separaba las cortinas de su habitación, encendía las luces y yo apagaba las mías en signo de estricta ensoñación, era cuando con más claridad y tranquilidad de no ser descubierto que podía observarla. La oscuridad del patio y de mi habitación, ocultaban del todo mi rostro curioso, mientras que el pequeño acuario de luz en el que se transformaba su habitación, no hacía más que volver cada uno de sus movimientos más nítidos. Era como ver un documental filmado por los mejores camarógrafos, en el mejor lugar del cine.

Desde la claridad y comodidad de mi penumbra, la vi realizar el largo y doloroso ritual de depilarse, la minuciosa labor de pintarse las uñas, leer literatura ligera, oír música popular, hablar por teléfono, ponerse el pijama e irse a dormir. Una completa rutina femenina que si no hubiese sido por la caída del muro, me habría estado vedada durante toda la vida por el sólo hecho de ser hombre.

Sé que no me creerán, pero siempre fui muy respetuoso en mi ya bastante irrespetuoso espionaje. Cerraba los ojos cuando se desvestía, cuando llegaba envuelta en una toalla después de la ducha y jamás me inmiscuí en ninguna conversación que podría haber sido privada.

Una noche cometí una equivocación, pero no por los motivos que ustedes se aprontarán a sospechar. Después de haber contemplado su rutina, especialmente la nocturna, por varias semanas, una noche me envalentoné y decidí acercarme. Abrí el ventanal de mi habitación, salí al jardín, esquivé los escombros del muro - los cuales seguían allí - y me aproximé a su ventana. La prolongada oscuridad había dilatado mis pupilas, y se podría decir que veía con privilegiada claridad. Abrí suavemente su ventana, inserté ligeramente la cabeza por el marco y la contemplé dormir.

Llevaba una camiseta celeste crema, de la cual todo lo que se asomaba era el cuello pues dormía muy arropada aún en verano. Tenía el cabello desparramado alrededor del rostro, un brazo con la palma abierta hacia arriba sobre la almohada, y otro con la manga ligeramente arremangada, sobre su vientre. La analicé de cerca, y por primera vez noté que tenía facciones matemáticamente correctas. Sin embargo, seguía sin parecerme bonita. Contemplé sus dedos largos, sin anillos, y con las uñas pintadas de ese burdeos que le había visto aplicar con esmero alrededor de las ocho de la noche.

De pronto ella se movió,  y en un veloz reflejo retiré la cabeza del hueco de la ventana y me escondí bajo ésta, acuclillado.

Cuando noté que ya no corría peligro de que encendiera luces, fue que decidí que había sido suficiente y me retiré a mi casa y cuarto a gatas, como un animal, esta vez sí para dormir.

Jamás habría imaginado que mi indiscreción crearía un monstruo.

Debido a mi claustrofobia, siempre dormí con las puertas y ventanas ligeramente entreabiertas. Los espacios cerrados me inquietaban y me hacían sentir enfermo. Y fue por estos motivos que una noche ella pudo entrar.

Se deslizó por la ventana, levantó las colchas de mi cama y se tumbó a mi lado.

La primera vez que lo hizo resultó demasiado surreal para creer que realmente estaba ocurriendo. Era ella, en su camiseta color crema, sus pantalones blancos con puntitos rosa, con las uña todavía burdeos, no solo entrando a mi habitación, sino que metiéndose en mi cama.

Jamás la toqué. Su sola presencia me incomodaba como una poderosa invasión, pero jamás pude decirle que no lo hiciera. Jamás intercambiamos ni una sola palabra, ni durante estos hechos, ni jamás. Ella solo entraba, se metía en mi cama, entrelazaba sus pies fríos con los míos, y se ceñía a mi pecho. Era como un pulpo enorme, una lapa pesadillezca. Y no había nada que pudiese hacer. Apartarla habría significado reconocer su presencia, por lo que solo me quedaba estático y muy incómodo, despierto, hasta la hora, un poco antes del amanecer, en que deshacía el abrazo de sus tentáculos y se marchaba, dejando como único rastro mi ventana ligeramente entreabierta y mis problemas de sueño.

Pocos días después de iniciada esta incómoda y silenciosa rutina, llegó un camión con ladrillos y cemento, y reconstruyeron el muro. Mi padre y el suyo intercambiaron un amigable apretón de manos y posteriormente jamás volvieron a hablar. A ella tampoco la he vuelto a ver, ni siquiera me la he topado saliendo o llegando a su hogar. Instalaron un almacén en la esquina contraria a la del que iba antes y el jamón es más barato, por lo que ya no tengo motivos para pasar frente a su casa. Sin embargo, a veces todavía voy al otro almacén, caminando un poco más rápido y pagando con mi propio dinero la diferencia de precio del jamón, con la esperanza de encontrármela y que me suelte casi en forma de confesión, sus motivos.

Me pregunto si todavía usará el mismo esmalte burdeos, si todavía no me parecerá bonita, si todavía carecerá de adherencia a la realidad.

Sé que es un deseo algo mezquino, pero a veces me dan ganas de que se venga otro terremoto igual con la pura intención de obtener respuestas.