lunes, 17 de diciembre de 2012

Mi propia pamplina sobre el fin del mundo.


¿Se han percatado alguna vez de la fragilidad del ser humano? No hablo de lo efímero de la vida, lo pasajero de nuestra estadía, o cualquiera de esas cursilerías. Hablo genuinamente de la fragilidad en la que existimos.
¿Se han percatado que estén donde estén, si algo saliese mal, podrían morir de un centenar de formas? Una ramita en el ojo, una árbol en la columna, techos que colapsan, lámparas que te caen en la cabeza, un plato mal enjuagado, asfixia por aspirar saliva, libros que se caen de los libreros, piedras voladoras, suicidas cayendo sobre personas felices, cortarse una vena importante con una hojita, olvidar cómo respirar.

Sin embargo, un extraño y desconocido orden parece mantener todo en su lugar. Y logra que, estando a merced de infinitas posibilidades letales, lleguemos a vivir en muchos casos más de cien años.

Pienso en el 21 de Diciembre, en el fin de del mundo, en todas las pamplinas que se han inventado en torno al fin de nuestros tiempos... e imagino una pamplina propia.
¿Realmente necesitamos un evento magnánimo para erradicarnos todos? ¿Realmente necesitamos un evento tan fabuloso como un meteorito, una inversión de polos, una visita alienígena, una guerra nuclear para desaparecer, todos, de la faz de la tierra?
¿Y si el día del fin del mundo, ese desconocido orden que mantiene todo en su lugar, dejase de funcionar/se apagase/colapsase?
Serían siete mil millones de fines de mundo individuales. Siete mil millones de personas apagándose de las formas más ridículas, inverosímiles, absurdas pero posibles. Siete mil millones de personas sucumbiendo a lo que en términos lingüísticos está calificado de accidente.

¿Se imaginan?