jueves, 20 de septiembre de 2012

Reflexiones de madrugada.


Es interesante lo sencillo que es aniquilar algo de la historia. Basta con tomar algo, quemarlo, y se ha ido para siempre. Para siempre. Así ocurrió con los antiguos textos de Grecia, Roma, tantos escritos que quizá hablaron de Jesús, de tantas otras celebridades hoy perdidas. Tantos documentos que quizá existieron pero ya no existen. Y no existirán jamás.
Conceptos tan extensos, infinitos; como jamás o para siempre, me abruman a ratos. Es tanto, tanto.

Aquí tienes un papel escrito. Dice algo. Quémalo y ya no existe.
En un eventual futuro muchos podrán especular que semejante texto podría haber existido. Quizá qué cosas decía. Quizá encuentren textos que hablan sobre tu texto, pero jamás encontrarán el texto porque ya no existe. Fue aniquilado de la historia.

Del mismo modo. Piensen lo sencillo que es eliminar todo registro de tus logros. Todo registro de tu existencia.
No son sólo especulaciones mías a raíz de mis extrañas reflexiones; esto ocurría y tenía un nombre: Damnatio Memoriae. En Rusia era muy común.
Basta con que alguien con el suficiente poder mande a quemar tu ficha de nacimiento y a alterar todos los registros ajenos en los que exististe. ¿Esposa? Éste documento dice que la mujer es soltera. ¿Propiedades? No existen, o le pertenecen a alguien más. ¿Fotografías? Alteradas o quemadas. No se necesita Photoshop para hacer un trabajo lo suficientemente bueno y convincente si se tienen recursos y poder.   
Y desapareciste.
El único lugar que te queda son las mentes solitarias de las personas que te recuerdan. Si es que te recuerdan.

Si un árbol cae en la mitad de un bosque pero no hay nadie para oírlo ¿suena realmente su caída?
Si alguien no deja absolutamente ningún tipo de registro de su existencia ¿existió realmente?

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